"To the centre of the city where all roads meet, waiting for you,
To the depths of the ocean where all hopes sank, searching for you,
I was moving through the silence without motion, waiting for you,
In a room with a window in the corner I found truth"
Joy Division, Shadowplay
"¿Era eso? Yo era feliz. Nunca quise que ésto acabase así. Cuando estoy en la cima, cantando, ellos no entienden lo que doy, lo que me afecta. Ahora quieren más. Ellos esperan que dé más de mí. Y yo no sé si pueden irse conmigo, pero sí con alguien que finge ser yo, alguien vestido con mi piel. Y ahora vamos a América. Perdí el control. No sé qué hacer".
(monólogo de la película Control, de Anton Corbijn)
Los placeres desconocidos pueden esconderse en la esperanza nunca perdida. Sobre blanco y negro Joy Division lanzaban un hilo verde en una de sus portadas, tal vez de muerte más que de esperanza: como los aparentes contrastes entre el nombre del grupo (las muchachas reclutadas para el amor en la guerra) y la vida y muerte de Ian Curtis. Las pasiones son conocidas, los placeres no. Pasión o placer ¿cuál nos hace, impulsa a vivir?
(Hace 30 años -18 de mayo de 1980- que Ian Curtis desapareció del mapa, del paisaje conocido. Ahora vive en la memoria.)
No hay ganas de alcanzar el Finisterre, sería el fin del viaje. Ni siquiera de asomarse sobre una Santiago imponente. Prefiero imaginar la llegada desde el Monte del Gozo, allí donde el gozo lo esconde una venera. El camino tiene sus escaladas, sus cuestas que cuestan con gusto porque sorprenden con la amenidad del paisaje de curvas y ascensos. Son momentos duros que quedan distraídos con la naturaleza como cómplice. Es de verdad el camino difícil cuando la inmensidad de la raya polvorienta se diluye perpendicular en la línea del horizonte imposible. Y ahí la llanura, sin altibajos, nos enseña sin pudor la huella de cada paso, igual al anterior, anunciando el siguiente, inevitablemente previsible. Donde no existe la sorpresa, el ahorro de los disgustos lo gasta la ausencia de emoción. La naturaleza, sabia como nunca, juega al despiste. La toponimia se nutre de polvazares, de fuentes en las que no se pueden lavar los trapos sucios, de ríos que sólo quieren que se crucen. No hay medidas que tomar porque el geógrafo ha borrado la escala del mapa. El camino tiene su meta pero, dejémonos de tonterías, que la meta es el mismo camino. Y se le pide al camino que dure otros veinte años, y más, y que al menos nos oriente con sus ráfagas de plata, con su lluvia láctea, y a sus pies, como danae inmaculada, se pueda mantener la ilusión. Porque este camino no se permite el espejismo, aunque deje que esa danae ante la lluvia y aquella venus con su concha se mimeticen en su disfraz peregrino, donde la higa al cuello no sólo ahuyenta los males, sino que apoyada en los labios alimenta. No se busca Finisterre, para qué engañarnos, porque ahora sí, el paso siguiente será distinto, sin suelo para plantarse. La montaña confunde, la meseta aletarga, el mar no miente. Y prefieres ahogarte en la pequeña muerte de cada recodo y dar un traspié en llano. Cualquier cosa (sí, cosa, muchas cosas) antes que diluirte en el inicio de un océano.
Tengo la impresión de que algún comentario vuestro no me ha llegado. No hay más filtro que los spamsmos virulentos que realmente consiguen alterarme. Con lo cual, si lo que habéis tenido a bien decirme no aparece en su lugar, SUPLICO que no me indiquéis dónde se ha escondido (qué sabe nadie); simplemente, que me lo volváis a decir.
E irresistible. Y atemporal. No sé muy bien cómo decir lo que quiero decir, porque va a sonar a tópico: que todo lo que se cuenta que Iggy Pop hace lo hace; que se adelantó a toda una época que a algunos aún nos tiene ensimismados; que no tiene la presencia de un estúpido, y que no se adorna tan bien como los Rolling o Mr. Bowie (me refiero al negocio). A su vista alguno todavía se atraganta. Incorrecto, tan simpático como rayano en lo grosero, de una obscenidad magnética. Mis fotos (cerré la cámara pronto, qué difícil, me rendí) no dicen nada de lo que ví, una belleza animal y salvaje, de esa belleza que sólo con mucha suerte se te cruza una vez por la calle de la vida. Fue puro poderío (admitidme esta libre traducción de raw power): el escenario austero, él mismo el espectáculo, la voz... mejor que nunca. Sus títeres, sus stooges a la espalda dieron la nota exacta. Ahora se los entiende, ahora que la fantasía del mundo feliz que la progresía insiste en vender está definitivamente agotada. Lástima que cerrases el teatrillo pronto, titiritero.
Remito, también por delante y por detrás, a las fotos maravillosas de Annie Leibowitz.
Ahí dejo The passenger para la evocación (de su obra en solitario, no sonó el viernes)
y Gimme danger (ilustrada con galería de fotos). Lo más tierno del disco fiero, sexual y explícito, vigente con sus casi cuarenta años, que recupera esta gira.
"Gimme danger, little stranger and I'll feel you bleed gimme danger, little stranger and I'll heal your disease. There's nothing in my dreams but some ugly memories kiss me like the ocean breeze.
Well if you will be my lover i will shiver and sing but if you can be my master i will do anything
There's nothing left alive but a pair of glassy eyes raise my feelings one more time
come on little danger, die a little stranger. Swear you're gonna feel my hand come on little stranger, die a little later swear you're gonna feel my hand swear you're gonna feel my hand gimme danger little stranger gimme danger little stranger gimme danger every day can you feel it? can you feel it? can you feel it?i gotta feel it i gotta feel it i gotta feel it you gotta feel it, i gotta feel it i wanna feel it... "
Ni en la tierra de Efímera, aquella que Foxá imaginó en el Atlántico camino de Argentina, es tan breve la primavera. El calor me traslada a ese otro perfil de Venecia, tal vez el más decadente entre la decadencia, mórbida y mortal. Y recuerdo la Venecia que me recordó a Aranjuez, allí donde los canales discurren entre la vegetación. El calor es insufrible. Un golpe que al menos aquí no mata, simplemente incita al viaje y a algunos ablanda la sesera.
"Eran ganas de viajar, nada más; por sentidas con una vehemencia que las potenciaba hasta el ámbito de lo pasional- y alucinatorio. De su deseo surgieron visiones (...) Y vio, vio un paisaje, una marisma tropical bajo un cielo cargado de vapores, un paisaje húmedo, exuberante y monstruoso, una especie de caos primigenio poblado de islas, pantanos y cenagosos brazos de río (...) Le hacía falta, pues, un paréntesis, cierto contacto con la improvisación y la holgazanería, un cambio de aires que le renovara la sangre a fin de que el verano fuese tolerable y fecundo".
"Recordó al melancólico poeta, al entusiasta cuyos ojos, en tiempos ya remotos, habían visto surgir de aquellas ondas las cúpulas y campanarios de sus sueños (...) y dejándose conmover por sensaciones ya condensadas en forma, examinó su serio y fatigado corazón por su algún nuevo entusiasmo o confusión, por si alguna aventura sentimental tardía pudiera estarla reservada aún al ocioso viajero".
"La imagen de la ciudad asolada e indefensa flotaba confusamente en su espíritu y encendía en él esperanzas inconcebibles, de monstruosa dulzura, que iban más allá de la razón".
recuperar como puedo vuestros comentarios... y aun así, lo estoy haciendo. Se han trastocado, algunos me han vuelto a entrar en la moderación, con otros no hay modo. En un rato intentaré buscar "los imposibles" (todos los de Paisaje de interiores) y transcribirlos. Algunos ya han podido ser retomados (los que como un eco han vuelto a presentarse a las puertas del infierno esperando mi veredicto), aparecen bajo mi nombre y entre paréntesis fecha y autor. Dicho ésto ¿alguien sabe de qué va el asunto? y no me digan lo que sólo oigo al médico y al informático de cabecera "eso va a ser un virus".
No creo que Casanova encontrase en los días en que visitó Aranjuez, una trampa como la de esta semana; hubiese sido un billete de regreso a su isla. Yo pensaba que aquella mirada de la UNESCO, al evocar Venecia en los caces y caceras de Aranjuez, no era más que una generosa metáfora.
Y de pronto el sueño de Venecia pareció real. Un espejismo, a decir verdad, porque por debajo de la lámina de agua no había más de medio metro: disfrazada de ola tranquila quería lamer nuestros pies, en su camino urgente hacia el río, en su cauce de piedra improvisado. Las señales de tráfico, ociosas, jugaban al engaño. Los puentes, con y sin suspiros, se dibujaban a salto de bolardo. No hubo tiempo para sacar las falúas del museo, ni Farinelli que nos cantase. Pero escuché, entendí los susurros al oído, la hueca voz de las alcantarillas y el ronroneo de los imbornales. El olor era el mismo en un aire por el que el sol colaba azules indecisos y verdes resplandecientes. Aranjuez, por unos minutos, fue la ciudad de los canales. Luego, las viviendas anegadas, los sótanos inundados, los negocios chafados como un vestido tras la fiesta pagaban el viaje, mientras volvíamos a casa. Una vez más la realidad pudo a la ilusión.
Aquella vez la primavera les estalló entre cuatro paredes. A la luz del día. La ventana hacia un patio interior. Las horas por delante. Hacían cosquillas al cielo. Quería él que ella hablase de ella.
-¿Quién eres? -Las palabras más tarde. Y tanto. El tiempo le ha acercado a la verdad, pero sigue sin respuesta.
"Charlando alegremente se perdieron en las callejuelas del Madrid antiguo. - Este barrio es muy interesante -dijo el periodista. Da la sensación de que se está muy lejos de Madrid. Parece un rincón poético de una provincia castellana. Estaban en la calle del Sacramento, solitaria y silente. La calle prócer y antigua de las nobles casonas con escudos, llenas del prestigio legendario del siglo XVII, aparecía envuelta en la luz fría y verdosa de la luna, que fantasmagorizaba los viejos campanarios y los tenebrosos pasadizos. (...) El periodista se disponía a contarle a Basilio la tradición madrileña del guardia que pasó una noche de amor con una diablesa, cuando sonaron pasos acelerados sobre las piedras con verdín del callejón del Codo, una interesante encrucijada que hay al pie de la Torre de los Lujanes".
Emilio Carrere, Jesús de Aragón, La torre de los siete jorobados
Son pasos a la luz de las velas entre codos callejeros y traviesas esquinas de sugerencias de pena y de pasión. Nada tienen que ver con el rumbo ocioso bajo una luz de sol a pleno gas. La procesión lleva acelerados el pulso y el paso tras la la linterna de una luna llena que incita a la aventura bajo los pies. La procesión continúa por un callejero subterráneo que ya hubiese Poe querido imaginar. No es Toledo. Es Madrid, con sus diablos cojuelos y sus corcovados como demonios, donde el bien y el mal son eco de las querencias e inquinas de nuestra tradición más social que religiosa.
Es esta novela misteriosa, negra por de más: en el ambiente, en el humor, en la intriga, en las manos (dos ... y dos) que la escribieron. Neville -otro Edgar- la transcribió en fotogramas. Que ya tiene su gracia, tras tanta vuelta y revuelta por un Madrid más aparente que oculto, ir a parar al pinar de Chamartín. Allí, mucho antes que las Kio de El día de la Bestia, se levantaba la Torre de los Siete Jorobados...
Hoy quiere el invierno decir adiós en escala de grises, cabezón, sin dar su brazo a torcer. Como si negase el paso a una primavera que deseamos brillante, luminosa, delicada. Sin esquinas rotas. Primavera esplendente que sólo puede ser si el invierno es. Colmada de gratitud por tanto sacrificio de gotas de insistencia, lentas y constantes en su esfuerzo por alimentar el aire de los suspiros y la tierra de las andanzas.
Un poquito de atención, que sale la vida de su escondrijo, hoy.
Involuntariamente contracorriente, out, demodé. Tal vez puede llegar a ser inoportuna tanta coherencia entre vida y obra. No se llevan los ámbitos rurales y provincianos, las almas candorosas e inocentes, de voz discreta, las tierras sin adornos, viriles, recias. Describir lo castellano, escribir en castellano. Un mester que es el del lenguaje vivo y claro. Al principio de aquella lengua ya lo dijo Gonzalo de Berceo "en román paladino", para que se entienda ("Quiero fer una prosa en román paladino en el qual suele el pueblo fablar a su veçino"). Pero lo austero no chilla como lo pintoresco, y hay quien lo confunde con lo vulgar. El castellano, lo castellano, tierras y gentes de paciente resistencia, anchas de espíritu, no están de moda. Aunque nadie se atreva (bueno, nunca se sabe) a desdecir a un clásico.
"En mis libros hay un rechazo de un progreso que envenena la corte e incita a abandonar la aldea. Desde mi atalaya castellana, o sea, desde mi personal experiencia, es esta problemática la que he tratado de reflejar en mis libros. Hemos matado la cultura campesina pero no la hemos sustituido por nada, al menos, por nada noble.
Y la destrucción de la Naturaleza no es solamente física, sino una destrucción de su significado para el hombre, una verdadera amputación espiritual y vital de éste. Al hombre, ciertamente se le arrebata la pureza del aire y del agua, pero también se le amputa el lenguaje, y el paisaje en el que transcurre su vida, lleno de referencias personales y de su comunidad, es convertido en un paisaje impersonalizado e insignificante.
(...) Me temo que muchas de mis propias palabras (...) van a necesitar muy pronto de notas aclaratorias como si estuviesen escritas en un idioma arcaico o esotérico, cuando simplemente han tratado de traslucir la vida de la naturaleza y de los hombres que en ella viven y designar al paisajes, a los animales y a las plantas por sus nombres auténticos.
(...) ¿Qué sentido tiene un paisaje vacío? "el chopo del Elicio, "el pozal de la Culebra" o "los almendros del Ponciano" (...) son en efecto un trozo de paisaje y de vida, imbricados el uno en la otra, como los trigales de Van Gogh o nuestra propia casa animada por la personalidad de cada uno de nosotros y enteramente distinta a todas las demás incluso en el más pequeño de los desconchones. Cada una de esas parcelas del paisaje alberga historias o mitos que son vida, han sido vivificados por el Elicio o el Ponciano y, a la vez, hablan a los demás; el día que pierdan su nombre, si es que subsisten todavía físicamente, no serán ya más que un chopo, unos almendros o un pozal reducidos al silencio, objetivados, muertos, no más significantes que cualquier otro árbol o rincón municipalmente establecido. (...)
En esta tesitura, mis pesonajes se resisten, rechazan la masificación. (...) Se trata de seres primarios, elementales, pero que no abdican de su humanidad; se niegan a cortar las raíces".
Miguel Delibes, Discurso de ingreso en la Real Academia Española de la Lengua (25 de mayo de 1975).
“El sol seguía declinando. (…) La ciudad que tenía ante mí había dejado de ser Venecia. Su personalidad, su nombre me parecían como ficciones mentirosas que ya no tenía el valor de infundir a las piedras. Veía los palacios reducidos a simples partes y cantidades de mármol parecidas a cualesquiera otras, y el agua como una combinación de hidrógeno y de nitrógeno, eterna, ciega, anterior y exterior a Venecia, ignorante de los dux y de Turner. Y, sin embargo, aquel lugar cualquiera era extraño como el lugar al que llegamos y no nos conoce todavía, como un lugar que hemos dejado y que ya nos ha olvidado. (…) Pero al mismo tiempo aquel lugar mediocre me parecía menos lejano. En el estanque del arsenal, debido también a un elemento científico, la latitud, había esa singularidad de las cosas que, aunque semejantes en apariencia a las de nuestro país, resultan extranjeras, en destierro bajo otros cielos”.
Marcel Proust, En busca del tiempo perdido
Dejé parada la lectura. Justo ahí, tras las últimas páginas de “La fugitiva”, las que relatan y evocan el tan deseado viaje a Venecia. El ritmo era el de un libro cada año. Ya han pasado tres. Bien es cierto que durante ese paréntesis disfruté “Los placeres y los días” que me llegaron en forma de regalo. Pero sigo sin querer adentrarme en “El tiempo recobrado”, porque aún no sé si es el momento de dejar de perder el tiempo. Hay miedo a seguir. Y falta de valor para marcharse, el miedo a llegar, como dicen Vetusta Morla. Y recuerdo la afirmación de Canetti "no hay nada que el hombre tema más que el toque de lo desconocido". Ese miedo a dejar la rutina, sin saber responder ¿qué puede más, la emoción o la razón? El miedo a perder el control (Ian Curtis lo supo muy bien). Tal vez sea más difícil aún reconocer el miedo, que se tiene miedo. Esas verdades a medias que llevan a la incertidumbre, el miedo de Firmin, el cónsul de Malcolm Lowry, y el alivio momentáneo antes de advertir que le han disparado. Ojalá fuesen los sustos espectrales de Halloween, los de Shaggy y Scooby-Doo, que te hacen poner cara de tonto y cobardica y que no pasan de ser miedo previsible, reconocible, acotado. Porque el miedo no es conciso, es difuso, indefinido, sin amarras en el espacio, mucho menos en el tiempo. Ojalá fuese temor como anécdota, insignificante en el miedo, pero sucede que el miedo abarca mucho más.
Conozco otra clase de bel ami. No es el trepa que se hace entre mujeres para llegar a donde quiere llegar, que se pasa de largo (y por lo visto nunca de listo).
Este otro bel ami sabe que al fin su fin no se halla en el panteón de hombres ilustres, donde inevitablemente se es más muerto que ilustre.
Este otro bel ami sabe que se puede estar entre mujeres sin mentiras, sólo con el recurso de su propia fuerza. La pasta de la que está hecho no es la pasta de ese club del dinero en el que si le admitiesen se negaría a entrar. Es de Groucho, no de Marx. Es ilustre. Sigue vivo.
"Vos, cuyo talento está por encima del vulgo; vos, que escribís, que aleccionáis, que aconsejáis; vos que dirigís al pueblo, tenéis una hermosa misión que cumplir y un hermoso ejemplo que dar".(...) El obispo había terminado su plática.
(...) Por su piel corría ese frío estremecimiento que dan las grandes dichas. No veía a nadie. No pensaba más que en sí mismo. (...) El pueblo de París lo contemplaba y lo envidiaba. Luego, alzando los ojos, vio a distancia, al otro lado de la plaza de la Concordia, la cámara de los diputados. (...) Lentamente bajó los peldaños de la alta escalinata, entre dos filas de espectadores. Pero él no los veía. Su pensamiento volvía atrás, y ante sus ojos, deslumbrados por el resplandor del sol, flotaba la imagen de la señora de Marelle, arreglándose ante el espejo los ricillos de las sienes, que siempre tenía alborotados al salir de la cama".
Efímera, supongo. Cuando no se ve la calle, porque no se pisa, son los pasos del tiempo los que se pierden. Como en la tierra de los efímeros, donde la relatividad no se teoriza. ¿En qué estación apareceré de nuevo? Que no sea en un intercambiador: mejor un apeadero. He de anticipar la primavera, estar de vuelta antes de lo que esperas.
"-¡Qué hermoso campo! -comenté-.
La prendí por la cintura, porque la hermosura de la Naturaleza es la mejor aliada. (...)
-¿Te has fijado en los árboles?
Aquello era un juego continuo, frenético; se cubrían como en un incendio de hojas verdes, nos aturdían musicalmente los pájaros. Veíamos las explosiones de las flores. Y de pronto amarilleaban, languidecían, se despojaban melancólicamente de sus hojas doradas. Se quedaban desnudos, unos segundos, tiritaban de nieve, las ramas se encristalaban de escarcha y luego volvían a empezar; a enternecerse, a florecer; contemplábamos sus gestos vegetales, como si se desperezasen al saltar de la cama. (...)
-Ahora -me dijo Catalina- tendremos una eternidad para querernos.
La cogí por la cintura y la besé lentísimamente -lo que en Efímera dura un reinado- en la roja boca".
La OTI, Benidorm, ¿y el de la Canción Infantil?... Cada vez que "sentía" el Te Deum de Carpentier (un Te deum para algo tan profano...) mientras vibraba en la tele el círculo estrellado me preparaba para el festival de Eurovisión: sólo acertaba una vez al año. Jugábamos al festival en verano, en la terraza de la casa de la abuela, todos los primos organizados por equipos (los de Suiza siempre ganaban).
Reconozco que todavía algún año veo el festival (en singular, el único que queda), pero los motivos han cambiado, es una rancia nostalgia y curiosidad kitsch (¿o camp?), no aquella excitación que culminaba con la contabilidad en idiomas y la mirada, al día siguiente, en el periódico del domingo, del ranking de decepciones. Hoy es tan distinto: servidora, con estudios superiores en geografía, se pierde entre los nuevos países y la caprichosa frontera entre continentes. Hay más diferencias, demasiadas diferencias, pero no seré yo quien comience a hablar de música, porque aquellos festivales ... aquello era otro cantar.
"En Roma, te vi de pronto una mañana, en Roma, me dio su cita un corazón, en Roma, el primer toque de campana, en Roma, ha despertado una ilusión. En Roma, por una lira en la fontana un día, jugué mi amor a cara o cruz. En Roma, el Quirinal pide a la luna, ¡un sueño que nunca más le diga adiós! En Roma, van las parejas de una en una y el amor, en Roma va de dos en dos"
Tres visitas. La estancia erudita, en busca de la fuente del arzobispo Tenorio. La boda de amiga de infancia, iglesia y hostería, cerveza en el claustro y flan de castañas al postre. El alto placentero en un viaje de caracol que esquiva el atasco de regreso.
Y allí siempre el ángel músico que parece tener en sus manos la fachada del monasterio, como esos santos arquitectos que enseñan el proyecto a la señora de la casa. La piedra peina el sonido en este lugar de vibración contenida.
"Guadalupe está lejos de todos los sitios, no hay ninguna carretera principal cerca, conserva un pasado que tiene poca validez. Ya lo sientes cuando te acercas al lugar. Ya no recuerdo con exactitud en qué año visité Guadalupe por primera vez, sólo se que fue hace mucho tiempo. (…) Recuerdo amapolas, acianos, y aún sé cómo volvían a mi memoria más tarde; la sequía, la petrificación de ese paisaje y luego, de repente, la sorpresa del color.
Ahora hago lo que hacen los peregrinos, subo las escaleras hasta la iglesia, ya se me aparta un poco de la tierra, aunque sea yo mismo quien lo haga. La fachada no quiere ser inmediatamente descrita, es demasiado singular, hay demasiados contrastes y asimetrías. La construcción es la de una fortaleza, pero en la tromba del gótico flamígero sobre las dos puertas, en las cuatro partes desiguales de la balaustrada y en el rosetón, parece agitarse la luz del sol en todas direcciones, en círculos de fuego que ascienden unos sobre otros".
El rosa Tiepolo no es rosa, es naranja, encendido, vivo, despreocupado. En Aranjuez no se distingue del paisaje, pero... da la espalda a los corsés cortesanos. Abandona el lugar. Baja las escaleras de San Pascual sin saber aún que su camino termina en El Prado, sin saber que allí va a lucir más, aunque sólo sea por contraste.
Las obras que Tiepolo realiza para el Convento de San Pascual Bailón pecan en la forma, por directas, por espontáneas, por frescas. Sin penitencia (hoy pueden ser contempladas en el Museo del Prado) ni purgatorio (algunas no pasan de boceto) son inmediatamente sustituidas por las relamidas de Mengs, Maella y Bayeu.
Será que el rosa Tiepolo está en la naturaleza, no en las academias. Es color de irrealidad, volátil e intangible, color de cierta locura, color feliz. Aunque avisado por San Pascual, que le ha dejado sus tres golpecitos en la cabecera, el artista, una vez más, habrá de morir incomprendido. El que paga manda.
"Los dibujos de San Pascual Baylón [están] destinados a una suerte infeliz: un intento de adecuarse a las inclinaciones locales, pero incomprendido, despreciado y maltratado.
(...) Mengs podía mirar a Tiepolo como a un desamparado de edad provecta. No sorprende la insana prisa con que, tras la muerte de Tiepolo, la corte española se apresuró a quitar sus retablos del altar de Aranjuez. Entre el almidonado Mengs y el mercurial Tiepolo la partida había concluido a favor del primero. Obviamente, Mengs fue nombrado pintor de cámara del rey.
(...) Esos lienzos no tienen precedentes en la obra de Tiepolo, ni mucho menos en la pintura de su siglo. Es como si la palabra religioso de pronto volviera a ser natural y tácita. (...) Aquí la vibración es el estado último".