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miércoles, 24 de febrero de 2010

hombre ilustre

Conozco otra clase de bel ami. No es el trepa que se hace entre mujeres para llegar a donde quiere llegar, que se pasa de largo (y por lo visto nunca de listo).
Este otro bel ami sabe que al fin su fin no se halla en el panteón de hombres ilustres, donde inevitablemente se es más muerto que ilustre.
Este otro bel ami sabe que se puede estar entre mujeres sin mentiras, sólo con el recurso de su propia fuerza. La pasta de la que está hecho no es la pasta de ese club del dinero en el que si le admitiesen se negaría a entrar. Es de Groucho, no de Marx. Es ilustre. Sigue vivo.


"Vos, cuyo talento está por encima del vulgo; vos, que escribís, que aleccionáis, que aconsejáis; vos que dirigís al pueblo, tenéis una hermosa misión que cumplir y un hermoso ejemplo que dar".(...) El obispo había terminado su plática.

(...) Por su piel corría ese frío estremecimiento que dan las grandes dichas. No veía a nadie. No pensaba más que en sí mismo. (...) El pueblo de París lo contemplaba y lo envidiaba. Luego, alzando los ojos, vio a distancia, al otro lado de la plaza de la Concordia, la cámara de los diputados. (...) Lentamente bajó los peldaños de la alta escalinata, entre dos filas de espectadores. Pero él no los veía. Su pensamiento volvía atrás, y ante sus ojos, deslumbrados por el resplandor del sol, flotaba la imagen de la señora de Marelle, arreglándose ante el espejo los ricillos de las sienes, que siempre tenía alborotados al salir de la cama".

Guy de Maupassant, Bel Ami