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miércoles, 24 de febrero de 2010

hombre ilustre

Conozco otra clase de bel ami. No es el trepa que se hace entre mujeres para llegar a donde quiere llegar, que se pasa de largo (y por lo visto nunca de listo).
Este otro bel ami sabe que al fin su fin no se halla en el panteón de hombres ilustres, donde inevitablemente se es más muerto que ilustre.
Este otro bel ami sabe que se puede estar entre mujeres sin mentiras, sólo con el recurso de su propia fuerza. La pasta de la que está hecho no es la pasta de ese club del dinero en el que si le admitiesen se negaría a entrar. Es de Groucho, no de Marx. Es ilustre. Sigue vivo.


"Vos, cuyo talento está por encima del vulgo; vos, que escribís, que aleccionáis, que aconsejáis; vos que dirigís al pueblo, tenéis una hermosa misión que cumplir y un hermoso ejemplo que dar".(...) El obispo había terminado su plática.

(...) Por su piel corría ese frío estremecimiento que dan las grandes dichas. No veía a nadie. No pensaba más que en sí mismo. (...) El pueblo de París lo contemplaba y lo envidiaba. Luego, alzando los ojos, vio a distancia, al otro lado de la plaza de la Concordia, la cámara de los diputados. (...) Lentamente bajó los peldaños de la alta escalinata, entre dos filas de espectadores. Pero él no los veía. Su pensamiento volvía atrás, y ante sus ojos, deslumbrados por el resplandor del sol, flotaba la imagen de la señora de Marelle, arreglándose ante el espejo los ricillos de las sienes, que siempre tenía alborotados al salir de la cama".

Guy de Maupassant, Bel Ami

lunes, 12 de octubre de 2009

tópicos

"Cuando se trata de la Edad Media es preciso señalar, con algunas frases bien elocuentes, que, a despecho de la caballería, la cortesía y las catedrales, las gentes de la época eran hombres viles, brutales e ignorantes; los señores eran crueles, el clero disoluto, el pueblo miserable y hambriento. Si no se hace así, se pasa por ingenuo (...) Quien cae en este error, oirá recordar, con indulgente sonrisa, que la Edad Media estaba lejos de ser una época "idílica". Con lo que no se sabe muy bien dónde está la ingenuidad, pues, ¿hubo alguna vez una época que pueda calificarse de idílica? (...)
Se podría, a lo sumo, observar que lo que distingue una época de otra es la escala de valores. Así en el siglo XIX, el mismo término "valores" designa las acciones que pueden cotizarse en Bolsa; en la Edad Media se desgina con dicha palabra la estima que sus hazañas valen al caballero, su porte, su coraje, etc. (...)
En todo caso, nos hemos abstenido de adoptar el tono de censor murum y nos disculpamos por faltar así a la costumbre. El lector podrá desempeñar este papel si así lo desea.
A no ser que al ver lo que nos enseñan los documentos se sienta, como nos ha ocurrido a nosotros, menos inclinados a juzgar que a tratar de comprender".
Régine Pernoud, Leonor de Aquitania



Es el cine quien por nosotros, hijos del siglo XX, ha puesto cara a Leonor de Aquitania. Y es muy posible que éste haya sido el camino por el que he llegado a una biografía escrita en los años sesenta y que ha sido reeditada por Acantilado en el mes de junio. Nada que ver con la novela histórica. Es un trabajo de investigación novelado, donde la buena escritura hace amenos los datos. Una obra de análisis y de reflexión en la que la autora Regine Pernoud nos presenta una Edad Media, como cualquier edad de la historia del hombre, de luces y sombras, rompe la mirada romántica a aquel pasado, y nos desvela, tras el nombre de una mujer, una realidad aún más fascinante.

Leonor de Aquitania ejemplifica el espíritu y el carácter de una época. Más que por sus obras y logros, por estar en el vórtice de uno de los periodos más intensos de la Edad Media. Siglo XII. Política, viajes, música, intrigas, amores, poder. Reina por partida doble (esposa de Luis VII de Francia, luego de Enrique II de Inglaterra), madre de Leonor de Aquitania (la que casó con Alfonso VIII de Castilla e introdujo en la Península el primer gótico), de Ricardo Corazón de León y de Juan sin Tierra. Mantiene el pulso político al abad Suger o a Thomas Beckett. Ve cómo se inician las peregrinaciones a Canterbury y se levantan las primeras catedrales góticas. Participa en las Cruzadas. Su época es la de la pérdida de Jerusalén. Y también la de los legendarios Robin Hood y el sheriff de Nottingham. Reina de trovadores, en su corte maduran los cantares de amor cortés y resucita la leyenda de Arturo, punto de partida del conocido ciclo. Mujer itinerante, fueron etapas de su vida Burdeos, París, Poitiers, Chinon, Jerusalén, Londres, Salisbury, Canterbury, Castilla, Sicilia, Bizancio...

No es necesario ser aficionado a la historia para conocer estos hechos. Todos han alimentado la iconografía contemporánea del tópico medieval ya iniciado en el siglo XIX. Ahí, sin salir del cine, la época y los escenarios donde vivió y reinó Leonor de Aquitania desfilan en la pantalla: Tomas Beckett (Peter O’ Toole y Richard Burton), todas las versiones de Robín de los Bosques y los episodios de Arturo y su Corte, que han conmovido incluso a la factoría Disney; y película entre películas, la menos canónica, León en Invierno (Catherine Hepburn).

“Una vida de película”: la frase manida encierra una verdad. Del mismo modo que la protagonista, Leonor de Aquitania, ilustra una Edad Media más cierta.

lunes, 13 de octubre de 2008

la ciudad de la luz

Así proclaman las mayúsculas en los folletos de las agencias de viaje.
Nada que ver con el viaje al fin de la noche.
Es éste un viaje, en toda regla, fuera de mapa.
Un viaje que no se oferta.
Un viaje que podría ser un viaje a cualquier sitio.
Y Céline que insiste: es París.
"En el gran abandono lánguido que rodea la ciudad, allí donde la mentira de su lujo va a chorrear y acabar en podredumbre, la ciudad muestra a quien lo quiera ver su gran trasero de cubos de basura. Hay fábricas que eludes al pasear, que exhalan todos los olores, algunos casi increíbles, donde el aire de los alrededores se niega a apestar más. Muy cerca, enmohece la verbenita, entre dos altas chimeneas desiguales; sus caballitos pintados son demasiado caros para quienes los desean...

Todo son esfuerzos para alejar de aquellos lugares la verdad, que no cesa de volver a llorar sobre todo el mundo; por mucho que se haga, por mucho que se beba, aunque sea vino tinto, espeso como la tinta, el cielo sigue siendo igual allí, cerrado, como una gran charca para los humos del suburbio".

Louis Ferdinand Céline, Viaje al fin de la noche

lunes, 4 de agosto de 2008

todo fluye

Entre el agua y el alcohol el clochard Andreas resurge en retazos de vida pura y limpia. Un camino de santidad desde la penumbra del puente hacia la claridad contenida en la botella.
Al otro lado de los otros hombres, sumido en el delirio, allí ... allí nada permanece.


“Un atardecer de la primavera de 1934, un caballero de edad madura descendía por las escalinatas de piedra que, desde uno de los puentes sobre el Sena, conducen a la orilla. (…) allí suelen dormir, o, mejor dicho, acampar los clochards de París.
Andreas se levantó más temprano que de costumbre, pues había dormido insospechadamente bien ... buscó un punto bastante solitario de la orilla del Sena, para lavarse por lo menos la cara y el cuello. Mas como le parecía que en todas partes podía haber personas, personas desgraciadas como él mismo, personas que podían ver cómo se lavaba, renunció por fin a su propósito y se contentó con sumergir sus manos en aquellas aguas ... y se sintió completamente limpio y como transformado”.
Joseph Roth, La leyenda del Santo Bebedor