vividos, viajados o sencillamente imaginados






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sábado, 30 de junio de 2012

el guiño





Fernando. Ni siquiera la tienda de máscaras donde Stanley Kubrick encargó las de Eye Wild Shut. Fue este escaparate que me hizo acordarme de tí. Al buscar las imágenes para la entrada anterior volví a verla. Tras leer  tu comentario no he tenido más remedio que reconocer este recuerdo y este guiño mientras disparaba.



jueves, 28 de junio de 2012

piedra, papel...






Este verano no hay Venecia posible. 
A diferencia de otros, no hay, tampoco, despedida con libros. 
Bien pensado, tampoco hubo desayuno con diamantes. 
Pero esto me daba un poco lo mismo: me han gustado  más los papeles que los pedruscos.
Ahora bien, tijeras, de momento, no habrá, más que nada porque aún no he aprendido a cortar el agua...
y porque mi Venecia siempre ha sido sin tí.




jueves, 29 de septiembre de 2011

los malos escritores







"Regresé a Venecia y fui al hotel en una de esas prodigiosas góndolas, cuya belleza no han logrado desacreditar ni siquiera la conjunción y conjuración de todos los malos escritores del mundo entero.


Canal Piccolo y Canal Grande, Canal della Giudecca y de San Marcos, perfiles de la isla San Giorgio Maggiore y pequeños canales de nombres perdidos... canales, puentes y callecitas, palacios y aguas muertas, canciones adormitadas en las noches tibias y humedad, ¡qué difícil me era deciros adiós!"



César González-Ruano, Memorias: mi medio siglo se confiesa a medias









Esos malos escritores o narradores tuvieron la culpa de que antes de que viese Venecia por primera vez no me acompañase una gran ilusión. La golosina de Florencia que llegaría días después absorbía mis deseos. A ellos se lo debo agradecer, no hubo decepción alguna ante un lugar que ya creía conocer por tan contado y enseñado, aparente víctima del tópico. Quedé atrapada, incluso temiendo compartir el juicio unánime de admiración que los estudiantes que éramos entonces confundíamos con la vulgaridad.







Desde entonces sólo recuerdo haber escuchado a una persona hablar mal de Venecia. Ha sido en Marco Polo, mientras facturábamos, a la vuelta de la última estancia.

-Hijo, te ha gustado Venecia ¿verdad?

-No.

-Habíamos preparado el viaje para tí...

-Bah, bah. He acabado harto de tanto andar y subir y bajar escaleras.


miércoles, 24 de agosto de 2011

magia imaginada













Sentirse como Corto Maltés, avistando la Giudecca a babor, antes de adentrarse en la aventura del laberinto de puentes y espejos, en la aventura de la laguna del alma.






"No es la primera vez que vengo a Venecia. Es ya la tercera. Estoy aquí por un apuesta. (...) Yo busco una esmeralda antigua, mágica.


-¿Mágica? ¿Usted cree en la magia? Ah, Corto, la auténtica magia es el amor y la armonía. ¿Pero qué amor y qué armonía? El amor a la belleza eterna y la armonía que abraza al Universo. Cuanto más grande y profunda es un alma más tiempo necesita para conocerse. Conseguir conocerse sin la sombra de una duda es más importante que toda la magia".










"En Venecia hay tres lugares mágicos y secretos: cuando los venecianos se cansan de las autoridades, van a esos lugares secretos y, tras abrir las puertas al fondo de esos patios, se van para siempre hacia países maravillosos y hacia otras historias".






Hugo Pratt, Fábula de Venecia








miércoles, 28 de abril de 2010

viaje reflejo

Ni en la tierra de Efímera, aquella que Foxá imaginó en el Atlántico camino de Argentina, es tan breve la primavera. El calor me traslada a ese otro perfil de Venecia, tal vez el más decadente entre la decadencia, mórbida y mortal. Y recuerdo la Venecia que me recordó a Aranjuez, allí donde los canales discurren entre la vegetación. El calor es insufrible. Un golpe que al menos aquí no mata, simplemente incita al viaje y a algunos ablanda la sesera.









"Eran ganas de viajar, nada más; por sentidas con una vehemencia que las potenciaba hasta el ámbito de lo pasional- y alucinatorio. De su deseo surgieron visiones (...) Y vio, vio un paisaje, una marisma tropical bajo un cielo cargado de vapores, un paisaje húmedo, exuberante y monstruoso, una especie de caos primigenio poblado de islas, pantanos y cenagosos brazos de río (...) Le hacía falta, pues, un paréntesis, cierto contacto con la improvisación y la holgazanería, un cambio de aires que le renovara la sangre a fin de que el verano fuese tolerable y fecundo".















"Recordó al melancólico poeta, al entusiasta cuyos ojos, en tiempos ya remotos, habían visto surgir de aquellas ondas las cúpulas y campanarios de sus sueños (...) y dejándose conmover por sensaciones ya condensadas en forma, examinó su serio y fatigado corazón por su algún nuevo entusiasmo o confusión, por si alguna aventura sentimental tardía pudiera estarla reservada aún al ocioso viajero".








"La imagen de la ciudad asolada e indefensa flotaba confusamente en su espíritu y encendía en él esperanzas inconcebibles, de monstruosa dulzura, que iban más allá de la razón".

Thomas Mann, La muerte en Venecia

domingo, 18 de abril de 2010

un viaje inesperado




No creo que Casanova encontrase en los días en que visitó Aranjuez, una trampa como la de esta semana; hubiese sido un billete de regreso a su isla. Yo pensaba que aquella mirada de la UNESCO, al evocar Venecia en los caces y caceras de Aranjuez, no era más que una generosa metáfora.



Y de pronto el sueño de Venecia pareció real. Un espejismo, a decir verdad, porque por debajo de la lámina de agua no había más de medio metro: disfrazada de ola tranquila quería lamer nuestros pies, en su camino urgente hacia el río, en su cauce de piedra improvisado. Las señales de tráfico, ociosas, jugaban al engaño. Los puentes, con y sin suspiros, se dibujaban a salto de bolardo. No hubo tiempo para sacar las falúas del museo, ni Farinelli que nos cantase. Pero escuché, entendí los susurros al oído, la hueca voz de las alcantarillas y el ronroneo de los imbornales. El olor era el mismo en un aire por el que el sol colaba azules indecisos y verdes resplandecientes. Aranjuez, por unos minutos, fue la ciudad de los canales. Luego, las viviendas anegadas, los sótanos inundados, los negocios chafados como un vestido tras la fiesta pagaban el viaje, mientras volvíamos a casa. Una vez más la realidad pudo a la ilusión.





domingo, 7 de marzo de 2010

el miedo y los temores

“El sol seguía declinando. (…) La ciudad que tenía ante mí había dejado de ser Venecia. Su personalidad, su nombre me parecían como ficciones mentirosas que ya no tenía el valor de infundir a las piedras. Veía los palacios reducidos a simples partes y cantidades de mármol parecidas a cualesquiera otras, y el agua como una combinación de hidrógeno y de nitrógeno, eterna, ciega, anterior y exterior a Venecia, ignorante de los dux y de Turner. Y, sin embargo, aquel lugar cualquiera era extraño como el lugar al que llegamos y no nos conoce todavía, como un lugar que hemos dejado y que ya nos ha olvidado. (…) Pero al mismo tiempo aquel lugar mediocre me parecía menos lejano. En el estanque del arsenal, debido también a un elemento científico, la latitud, había esa singularidad de las cosas que, aunque semejantes en apariencia a las de nuestro país, resultan extranjeras, en destierro bajo otros cielos”.



Marcel Proust, En busca del tiempo perdido










Dejé parada la lectura. Justo ahí, tras las últimas páginas de “La fugitiva”, las que relatan y evocan el tan deseado viaje a Venecia. El ritmo era el de un libro cada año. Ya han pasado tres. Bien es cierto que durante ese paréntesis disfruté “Los placeres y los días” que me llegaron en forma de regalo. Pero sigo sin querer adentrarme en “El tiempo recobrado”, porque aún no sé si es el momento de dejar de perder el tiempo. Hay miedo a seguir. Y falta de valor para marcharse, el miedo a llegar, como dicen Vetusta Morla. Y recuerdo la afirmación de Canetti "no hay nada que el hombre tema más que el toque de lo desconocido". Ese miedo a dejar la rutina, sin saber responder ¿qué puede más, la emoción o la razón? El miedo a perder el control (Ian Curtis lo supo muy bien). Tal vez sea más difícil aún reconocer el miedo, que se tiene miedo. Esas verdades a medias que llevan a la incertidumbre, el miedo de Firmin, el cónsul de Malcolm Lowry, y el alivio momentáneo antes de advertir que le han disparado. Ojalá fuesen los sustos espectrales de Halloween, los de Shaggy y Scooby-Doo, que te hacen poner cara de tonto y cobardica y que no pasan de ser miedo previsible, reconocible, acotado. Porque el miedo no es conciso, es difuso, indefinido, sin amarras en el espacio, mucho menos en el tiempo. Ojalá fuese temor como anécdota, insignificante en el miedo, pero sucede que el miedo abarca mucho más.





domingo, 22 de febrero de 2009

carnes tolendas

"Las calles de una Venecia pequeña y sin góndolas"
leí hace ya tiempo.
Era agua del Tajo la de aquella Venecia sin tí.
Y sí, me gusta bailar, pero no en carnavales. Me explico mejor, no me gustan los carnavales, como a Don Carnal tampoco le gusta que el calendario le marque las fechas.



"En vano has llamado a las puertas de Roma, la ciudad clásica para tus fiestas; el pueblo se ha reunido en el Foro, pero no alegre, bullicioso y llamado por el repiqueteo de tus sonajas, sino grave como sus ruinas, silencioso como sus sepulcros y convocado por incógnitos agitadores de una revolución terrible; y has tenido que huir. ¿A dónde? ¿A Venecia? ¿Al seno de la desolada reina del Adriático, donde antes tenías mil palacios por trono y todo un pueblo, ebrio de placeres y goces, por vasallo? No; no vayas allí. Las góndolas, vacías, se balancean amarradas a los postes de Rialto, con cadenas de hierro que al moverlas el agua parece que gimen. Ni una antorcha refleja en el mar su larga cabellera de chispas; ni se oye una voz, ni el acento lejano de una música. ¡Pobre carnaval! ¡Pobre Venecia...!

Pero, cierra el balcón, echa un par de troncos en la chimenea: esta noche hay bailes, pero nosotros no queremos bailar ni nadie tampoco. ¡Bailar! Bastante hemos bailado ya en este mundo; hora es de dejar a otros el puesto en la cuadrilla. ¡Qué hermosa está la lumbre! No traigas luz: queremos ver bailar nuestra sombra y las sombras de los muebles sobre los muros, donde se proyectan vacilando, a compás que vacila la roja llama de los troncos que saltan y crujen al encenderse. Esta noche cenamos tempranito y nos metemos en la cama como unos bienaventurados.
El no ser calavera, ¡qué triste, pero qué cómodo es!"

Gustavo Adolfo Bécquer, El carnaval

lunes, 12 de mayo de 2008

belle de jour



Gerona tiene ecos del Jardín del Edén.
Está cruzada por cuatro ríos, como los del Paraíso.
Perfecta para guardar el tapiz de la Creación.



Gerona me evoca a Florencia, allí por donde la cruza el Arno, más que a Venecia (como dicen). En cualquier caso en Gerona sólo se ve Gerona, toda esplendor mediterráneo. Hoy mismo hablábamos de ella, digna del reconocimiento de Patrimonio Mundial, que tal vez ni siquiera necesite. Gerona es consciente de su belleza, aunque sólo se lo digan entre susurros o quede en pensamiento inconfesable.


“A primera hora de la mañana, cuando voy a la universidad, encuentro, a veces, señoritas con mantilla, devocionario, rosario y un círculo morado en los ojos –una de ellas con los ojos negros y los cabellos grises-. Estas apariciones me hacen pensar en Girona, hacen surgir ante mis ojos la vida matinal y beata de aquella ciudad. En virtud de un mecanismo desconocido por mí, uno, en mi espíritu, lo que hubiera deseado hacer y no me he atrevido a hacer –o sea, la clandestinidad- con Girona. Las piedras viejas fueron siempre para mí, un poco afrodisíacas. Pienso en las tazas de chocolate con bizcochos que toman las señoras al regresar de misa y en muchas otras cosas –en el posible deseo permanentemente insatisfecho de estas señoritas devotas, de aspecto dulce y tonto, pero quizás eficaz”.

Josep Pla, El cuaderno gris