vividos, viajados o sencillamente imaginados






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sábado, 18 de junio de 2011

el lenguaje de las piedras










Hay algo del sueño de la muerte y de la tierra de nadie en las percepciones de la ciudad; entre lo ausente y lo etéreo, como si la sustancia de Florencia quedase borrada por el impacto de lo que entra por los ojos y apenas pudiese hallar un refugio en los olores o en los sonidos que no son.






"Pasé todo el día de ayer sumido en una especie de preocupación sombría e histórica... Al salir de San Lorenzo, vagabundeé sin rumbo por las calles; observaba, en mi emoción muda y profunda (con los ojos muy abiertos y sin poder hablar), esos palacios contruidos hacia 1300 por mercaderes de Florencia: son fortalezas. (...)

Me sentía feliz por no conocer a nadie y por no temer verme obligado a hablar. Esta arquitectura de la Edad Media se ha apropiado de toda mi alma: creo vivir con Dante. Hoy no me han asaltado ni diez pensamientos que no haya podido traducir con un verso de ese gran hombre. (...)

¡Qué bien se ve, debido a la forma sólida de estos palacios construidos con enormes bloques de piedra que han conservado sin tallar el lado que da a la calle, que a menudo el peligro ha circulado por esas calles! Es la ausencia de peligro en las calles lo que nos hace tan pequeños".



Sthendal, El síndrome del viajero. Diario de Florencia.








lunes, 16 de marzo de 2009

vida entre las flores

"(...) Le preguntó a qué se refe­ría, él respondió que a un pro­verbio sensato, pero brutal. Valía más callarlo.
-Dilo, sea como sea.
-¿Quiéres conocerlo? "Boca be­sada no pierde su lozanía."
Y agregó:
-Es cierto que el amor conserva la belleza, y que la carne de las mu­jeres se nutre de caricias como la abeja de flores.

Teresa depositó entre los labios del amante un juramento en un beso."




Florencia es la primavera, como ésta que se nos anticipa y nos pilla con la boca abierta, a sabiendas de que nunca es suficiente para los insaciables, para los que con flores no tenemos bastante.
Hace unos meses leí que Paul Valèry visitó Aranjuez con un grupo de poetas, a los que preguntó mientras paseaban por los jardines "¿flores o árboles?".
¿Dónde está la poesía? Yo disparo rápido mi respuesta.
Tal vez por eso los árboles me resultan placenteramente perversos en la ciudad de las flores, la ciudad de esa azucena que Anatole France ha despojado de toda inocencia al teñirla del color de la pasión.



"-Señor Dechartre, aquella man­cha negra y lejana la forman los jardines de Bobolí, ¿verdad? Los vi hace tres años. Apenas había flo­res, y, sin embargo, sus árboles cor­pulentos y tristes me agradaron.
(...) Respondió cualquier cosa y fingió una sonrisa para ocultar el fondo brutal e indudable de su deseo. Estuvo torpe y desacertado, pero ella no pareció advertirlo. Mostróse muy satisfecha. Aquella voz mas­culina, insegura y desfalleciente, la acariciaba sin saber cómo.
Y ambos repetían con ternura conceptos vulgares:
-¡Qué panaroma tan hermoso! -El tiempo es apacible".


Anatole France, La azucena roja

lunes, 12 de mayo de 2008

belle de jour



Gerona tiene ecos del Jardín del Edén.
Está cruzada por cuatro ríos, como los del Paraíso.
Perfecta para guardar el tapiz de la Creación.



Gerona me evoca a Florencia, allí por donde la cruza el Arno, más que a Venecia (como dicen). En cualquier caso en Gerona sólo se ve Gerona, toda esplendor mediterráneo. Hoy mismo hablábamos de ella, digna del reconocimiento de Patrimonio Mundial, que tal vez ni siquiera necesite. Gerona es consciente de su belleza, aunque sólo se lo digan entre susurros o quede en pensamiento inconfesable.


“A primera hora de la mañana, cuando voy a la universidad, encuentro, a veces, señoritas con mantilla, devocionario, rosario y un círculo morado en los ojos –una de ellas con los ojos negros y los cabellos grises-. Estas apariciones me hacen pensar en Girona, hacen surgir ante mis ojos la vida matinal y beata de aquella ciudad. En virtud de un mecanismo desconocido por mí, uno, en mi espíritu, lo que hubiera deseado hacer y no me he atrevido a hacer –o sea, la clandestinidad- con Girona. Las piedras viejas fueron siempre para mí, un poco afrodisíacas. Pienso en las tazas de chocolate con bizcochos que toman las señoras al regresar de misa y en muchas otras cosas –en el posible deseo permanentemente insatisfecho de estas señoritas devotas, de aspecto dulce y tonto, pero quizás eficaz”.

Josep Pla, El cuaderno gris

lunes, 21 de enero de 2008

experiencia compartida

Florencia, como referente de viajeros, es casi contemporánea de Granada, y por tanto uno de los primeros destinos burgueses. Forster dibuja a los “pioneros turistas” Baedeker en mano: casi cien años después de que a Sthendal le diese su famoso jamacuco.
Y lo hace desde un ángulo -el del título- que curiosamente nunca hubiese elegido el otro crítico social que fue Oscar Wilde, para quien una habitación con vistas es “irrelevante, excepto para el propietario que, por supuesto, lo carga a la cuenta. Un caballero nunca mira por la ventana”.

“En la Piazza della Signoria hay demasiada piedra para que resulte brillante. No tiene césped, ni flores, ni frescos, ni resplandecientes muros de mármol o animados pedazos de ladrillo rojo. Por una extraña casualidad (…) las estatuas que dan relieve a su austeridad sugieren, no la inocencia de la infancia, ni la gloriosa excitación de la juventud, sino la consciente perfección de la madurez (…) Han dado o soportado algo y, aunque son inmortales, la inmortalidad les ha llegado a través de la experiencia, no antes. Allí, no sólo en la soledad de la naturaleza, debe un héroe encontrar a una diosa, o una heroína a un dios”.
E. M. Forster, Una habitación con vistas