vividos, viajados o sencillamente imaginados






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viernes, 25 de noviembre de 2011

los ojos de un castellano





No había Example,
ni Senyor Esteve,
ni posada del Senyor Parellada,
ni prodigios entre expos,
ni ruiseñores entre gatos de cuatro en cuatro,
ni Barça,
ni señoritas en la calle Avignon,
ni colón de piedra,
ni hotel Colón,
ni conde borbón,
ni ramblas alicatadas,
ni olimpiadas,
ni Gaudí,
ni rumba,
ni maquinavajas,
ni tres-plazas de toros-tres,
ni Marsé.




Y aun así.




"No se descuidaron de darse priesa, de modo que llegaron a Barcelona poco antes de que el sol se pusiese.
Admiróles el hermoso sitio de la ciudad, y la estimaron por flor de las bellas ciudades del mundo, honra de España, temor y espanto de los circunvecinos y apartados enemigos, regalo y delicia de sus moradores, amparo de los extranjeros, escuela de la caballería, ejemplo de lealtad y satisfacción de todo aquello que de una grande y famosa, rica y bien fundada ciudad puede pedir un discreto y curioso deseo".

Miguel de Cervantes, Las dos doncellas




viernes, 18 de septiembre de 2009

volver





Lo último que dije… no fue lo que quise decir si hubiese de ser lo último que dijese. Espero volver, y a la vuelta… He olvidado qué te estaba diciendo. Un cóctel en el Boadas refrescará mi memoria.

jueves, 23 de abril de 2009

con los pies en el suelo

Nada más lejos de la fantasía: "con los pies en el suelo". Lo primero que me vino a la cabeza ante la entrevista a Juan Marsé del ABC del domingo, a propósito de su discurso para el Premio Cervantes que hoy recibe. Allí estaba su amor por El Quijote y su actitud como escritor "Para mí el premio está en la escritura. Los premios no tienen nada que ver con la literatura" o "Defiendo mi derecho a escribir en la lengua que me de la gana" (como siempre, pero aún más desde que tiene el Cervantes, está sembrado).
Sin embargo, él que en otras ocasiones se ha declarado "forofo de la ficción, la realidad no me importa" me ha sorprendido por la debilidad que siente por su primera obra Encerrados con un solo juguete "porque fue la primera, y contiene bastante material autobiográfico. Por esta razón sencillamente. Es una razón muy subjetiva: no tiene nada que ver con la calidad de la obra". Quiero entenderlo como una aparente paradoja: Marsé hace creíble la ficción. La línea es imperceptible. Contribuye a ello el recurrente escenario barcelonés, la precisa toponimia de la ciudad, la descripción casi naturalista de los espacios. Pero no es suficiente, hace falta ese don que Marsé tiene para levantar mundos de verdad en el mundo de la imaginación.
Encerrados con un solo juguete. ¿Qué juguete? La verdad es que vuelvo el pensamiento hacia la primera juventud (no necesariamente paraíso perdido) y sólo hallo la novedad del sexo, el juego al que juegan los mayores. Ese juego al que Marsé acude correcto, pautado, constante en sus novelas.

"No encontró a Julita en casa. Vivía en un piso oscuro y pequeño, con un suelo de ladrillos abollado y trépido, paredes empapeladas y muebles enormes. Estaba situado en un callejón próximo a la calle San Pablo. La hermana de Julita apoyaba la mano en la jamba de la puerta sin dejarle pasar. Dentro había una atmósfera cálida que olía a tabaco rubio y a anís. Oyó una tos de hombre, un tintineo de vasos.
-¿Quieres que le de algún recado cuando vuelva o prefires esperarla?
-Esperaré un rato- dijo él.
Andrés se acercó a la ventana y la abrió... Era un callejón que no paracía tener salida, corto, mojado aun sin llover, de fachadas ceñudas y muy encaradas y una sola bombilla pelada al extremo de un hierro curvado".

Juan Marsé, Encerrados con un solo juguete

jueves, 5 de febrero de 2009

café para cuatro


Josep Pla fantaseó. Fantaseó con las tardes tardísimas de Els Quatre Gats. Nosotros fantaseamos, pero nuestra fantasía se contagia de la fantasía de Pla, más cercana en el tiempo y por ello, teñida de veracidad. Ahora, cuando cruzamos la puerta de Els Quatre Gats leemos a Pla en esas barbas que cuelgan de la pared. Ahí están, artesanos de la tertulia, derrochadores de horas, pródigos en palabras, inconscientemente extravagantes. Desparramados, imprevisibles, sembrados.


"En el café había una mesa muy larga, con un sillón capitular en una de sus cabeceras. Era la mesa de los artistas. El sillón lo ocupaba Romeu con algo de afectada prosopopeya. Los demas se sentaban en sillas bajas, y gracias. La mesa tenía prohibida lo que Romeu llamaba "vulgaridad". Alrededor de esa mesa se sentaban dos grupos de artistas claramente diferenciados y en el fondo irreconciliables. El primero, presidido por Rusiñol, con Casas y Utrillo (...)
El establecimiento estaba montado sobre un curioso principio comercial: el menosprecio olímpico del propietario por su clientela. En Els Quatre Gats las raciones siempre fueron pura ilusión del espíritu. Más que un lugar de restauración fue una exposición de platos pintados, un arte culinaria en miniatura, de colegio de párvulos. Las raciones eran ingrávidas, desmirriadas, de una extrema ligereza (...)
El menosprecio que sentía Romeu por su clientela contrastaba por el respeto que sentía por las telarañas de la casa. Para él una telaraña, sobre todo si estaba llena de polvo, era algo sagrado e inviolable (...)
En ese fin de siglo los artistas vivían aún como los naturalistas dicen que viven algunos pájaros cuando no están en celo, es decir, en grupos, haciendo una tertulia volante, muy parecida, a pesar de las alas, a una tertulia de café. Los artistas se cobijaban entonces en el café de Els Quatre Gats".

Josep Pla, Santiago Rusiñol y su época

sábado, 17 de enero de 2009

la ciudad crece



El sucesivo retrato de la ciudad a lo largo de más de un siglo. Hasta en su fisonomía menos evidente se recoge el detalle, sensible incluso al cambio de nombres del callejero enredado del Raval. No sólo es aquella ciudad del Caso Savolta o de Los prodigios. Son los años cuarenta en Una comedia ligera. O el atlas histórico (setenta ochenta noventa) en la trilogía de ese pícaro loco, tan bien hablado como los buscones del Siglo de Oro, y tan desventurado.
A su manera exagerada Julio Camba subrayaba la falta de sentido del humor de los catalanes. Con Mendoza dio en hueso duro.



"No recordaba haber estado nunca en aquel barrio que, por su configuración, debía haber sido otrora un pueblo aledaño a la ciudad. Quedaban en pie algunas casas bajitas y recoletas, pero las más habían sido sustituidas por bloques de viviendas o estaban en proceso de derribo. Por doquier se alzaban cartelones que aconsejaban:
INVIERTA EN EL FUTURO PISOS DE SUPER-LUJO A PRECIOS DE SUPER-RISA
A medida que iba coronando la cima del promontorio se desplegaban a mis pies otras partes del área metropolitana, que una neblina pardusca iba cubriendo. Resoplando llegué a un desmonte baldío en cuyo centro había una garita que tomé al pronto por un puesto de castañas asadas. Al acercarme a preguntar si estaba tan perdido como me temía, leí en la pared de la garita esta inscripción:
VISITE AHORA NUESTRO PISO MODELO"
Eduardo Mendoza, El laberinto de las aceitunas

sábado, 1 de marzo de 2008

de bar en bar

Barcelona. Marsé escribe Barcelona con b de bisturí. Rasga la armonía de la panorámica de la ciudad. Disecciona los paisajes interiores y coloca ante nuestros ojos los escenarios donde se cuece el día a día, los recovecos humanos de la ciudad.



“Luego navegaron un poco a la deriva por las Ramblas y el barrio chino, la universitaria escoraba por el lado izquierdo, tendía naturalmente hacia la calle Escudillers y ciertos fondos populosos y hetereogéneos. La aventura no tenía aún lugar, pero se podían ya enumerar toda una serie de lances amorosos de la sangre, pequeñas emociones unilaterales que oscilaban de un cuerpo a otro determinadas por el azar: a veces, de pie ante el concurrido mostrador de una taberna –resultó que la estudiante conocía no pocas tascas y le encantaba recorrerlas rápidamente, como si sólo deseara comprobar que seguían allí, todavía con recuerdos de su paso en compañía con amigos de la facultad y con su misma deprimente fauna flamenca, su mismo buen vino (infecto, según pensaba Manolo, aunque no decía nada) y sus mismas prostitutas y vendedoras de lotería- muy juntos, arropados en esa impunidad ficticia de la algazara popular, sus caderas se rozaban involuntariamente…“
Juan Marsé, Últimas tardes con Teresa