Camino del Museo de Bellas Artes hacemos una parada mañanera, lo suficientemente mañanera como para no pedir cerveza.
-Café, por favor.
–Ya verá. El café que hacemos aquí es de lo mejor. No es que yo lo diga. En Bilbao somos muy cafeteros.
No le falta razón.
Entra un hombre de paso que no quiere café. Se dirige al dueño:
- ¡Buon giorno, buon giorno! Hum... M***... hum... ¿Conoce M*** (el nombre de la cafetería, nombre de un pequeño lugar)? Bonita M***.
- Sí, muy bonita, pero esto es Bilbao.
El hombre de paso no recibe cuartelillo. Sale por donde ha entrado.
Continúa el dueño:
- Bilbao sí que está bonita. Hace unos años, mirabas allá abajo, a la ría, un pozo negro. Pero antes se vivía mejor. Esto es pequeño, aquí nos conocemos todos, los que somos de aquí, claro. Ahora hemos perdido el trato entre la gente.
-Eso pasa en otros sitios.
Seguimos hablando. A medida que aumentan las confidencias, desciende el volumen de su voz.
Es la ciudad que vio nacer a don Miguel de Unamuno, el que elevó a cuestión filosófica el término casticismo. Esta forma que tienen los bilbaínos de hablar de lo suyo –hay un matiz nada desdeñable que impide llamarlo jactancia- es muy parecida a la que se gasta ¿para qué ir más lejos? el vecino de Aranjuez.
“Qué ver. LUCES DE NAVIDAD.
La Navidad en Bilbao es algo más que los tradicionales días festivos marcados en el calendario. Y es que, en primer lugar, la sobriedad de la decoración navideña que adorna las calles ayuda a que a nadie le importe que esas luces azules, tan elegantes, permanezcan en el tiempo.
(…) Además, el hecho de que la capital vizcaína sea un “bocho” o agujero rodeado de montañas, sin posibilidad de expandirse (eso sí, en permanente transformación), convierte su oferta comercial en la más completa del norte de España. (…) Y en el periodo navideño o pre-navideño, donde el regalo manda, esa característica es un lujo al alcance de muy pocas ciudades.
Resumiendo, la Navidad bilbaína es como el propio Bilbao, sobria pero moderna, clásica y tradicional pero también rupturista, aspecto éste muy necesario para recordarnos que la ciudad pertenece por derecho al siglo XXI. Sólo hay que fijarse en el potente arco rojo que decora el puente de la salve (…) De día podría parecer un decorativo portal “kitsch” sin figurantes. Llegada la noche, rompe con su iluminación cualquier evocación clasicista”.
Bilbao. Guía noviembre-diciembre 2009 (Ed. Bilbao Turismo)
