
"Un astrónomo alemán vivía, desde hacía una decena de años, en su observatorio, en uno de los picos más altos de los Alpes, entre las nieves eternas. El pueblo más cercano estaba situado a un millar de metros a sus pies y desde allí le llevaba diariamente la comida una niña de doce años. En aquellos diez años, con aquellos mil metros de subida y descenso, la niña había crecido y se había vuelto fuerte y hermosa y el científico la hizo su mujer. La boda se había celebrado un tiempo antes en el pueblo y, como viaje de novios, los recién casados habían subido juntos a su morada...
Así le habría gustado ahora poseerla, a mil metros de distancia de cualquier otro hombre...
-¿Y a tí?- preguntó con impaciencia, en vista de que ella no entendía por qué le contaba aquella historia?-. ¿Te gustaría a tí ir a vivir allí arriba conmigo?
Ella vaciló. Evidentemente, vaciló. Una parte de la historia, es decir, la montaña, la había entendido en seguida. Él no veía en ella otra cosa que el amor, mientras que ella, al instante, sintió el aburrimiento y el frío".