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jueves, 16 de abril de 2009

inquilinos




Las palabras de García Pavón surgen del arraigo a la tierra, casi tan antiguas como ella. Son reflexiones románticas y a un tiempo asentadas, serenas. El hombre no tiene capacidad de hacer daño a la naturaleza, y eso que lo intenta. La naturaleza lo ignora, más que como a un inquilino, como a un parásito que sólo le da leves picores. Y condescendiente le responde: te dejo vivir, pero de prestado, y hasta cuando yo quiera.
Las palabras de García Pavón oscilan como la naturaleza, entre la belleza y el vértigo.




"A Plinio le tornaba la sensación de que a la pura naturaleza telúrica le sobran los hombres. De que para la tierra, el cielo, y máxime las aguas de los mares y lagunas, el inquilinato de los humanos es condena temporal, que esperan concluya para quedarse solos, sin más ires y venires que los del viento, los temperos y las olas que llegan a la playa cansadísimas.




La quietud de las aguas laguneras, sin más ola que el leve rizo que les saca el aire o el derramarse unas en otras cuando se preñan sus honduras, transpiran desprecio y ganas de quedarse en paz algún día.






El cielo, tan indiferente a las querellas bajas, a los rasguños de cohetes y aviones. La tierra sufirendo sin conmoverse el hurgar de los arados y tractores; las manchas de los pueblos y ciudades, denuncian ansias de vacación. Posiblemente la repulsa que entre sí nos tememos los humanos, nazca de ese forzado inquilinato, de ese pisar y nadar en un medio que nos es hostil, que nos admitió por no sé qué potentísimo compromiso... que un día caducará. Ese será el gran festival de la naturaleza. Perderá su reconcomio de avasallada. Y habrá una gran orgía de árboles que crezcan por dónde y cómo quieran. De mares arrullantes o feroces que modelen las marismas a su capricho. De ríos desmadrados que jueguen a inundar caminos, carreteras de asfalto y urbanizaciones horribles... Y los nichos y tumbas sin enjabelgar, hasta los panteones de los señoritos estilo modernista, caerán al suelo haciéndose polvo y devolviendo a la tierra los huesos innecesariamente conservados..."


Francisco García Pavón, Voces en Ruidera

jueves, 27 de noviembre de 2008

mitología manchega

Fueron entonces los días en que llegó a este rincón, desde la florentina Piazza della Signoria, un rapto de sabina por abrazo de varón. Hoy aquel abrazo es rapto en plaza española, en casino de horas presurosas, entre reojos al reloj, relevo de vasos y conversaciones que siempre son promesa.
Y dicen que por menos de lo que entonces contó -y cómo- García Pavón, fue prohibido Henry Miller en los tiempos de la censura.

"Manuel González, alias Plinio, jefe de la GMT, y su amigo y cooperito Don Lotario, el que las bestias curaba (y lo digo en pretérito, porque desde la rebelión de los tractores su profesión de veterinario quedó hueca), luego de haber tomado café, copa, faria y consumido todos los turnos imaginables de conversación con amigos y allegados, salieron del Casino de San Fernando para estirar un poco las piernas (...).

Sabido es que en los pueblos, e incluso en las capitales importantes, si no hay faena, los pantalones se arrugan que es un dolor. Cuando en los casinos se está mucho tiempo, todas las energías del cuerpo se van en bostezar, hacer aguas, echar pitos y castigar las entrepiernas de los zaragüelles. En los casinos de los pueblos se ven muchos bordes de braguetas amarillentos por el pis, otras tantas bocas abiertas expeliendo esos suspiros de goma con olor a especias que son los bostezos. Hay bostezantes muy machos que se quedan con la boca abierta mucho rato y la lengua abatida entre las ringlas de muelas pajizas, como si quisieran tragarse la tarde de una puñetera vez".
Francisco García Pavón, El rapto de las sabinas

martes, 29 de julio de 2008

viento

Ayer y hoy, molinos con un castillo a su vera, llegados siempre después que el castillo. Como colonos que buscan asiento en la cima, lejos ya los días de batalla.

Ayer y hoy la tierra, La Mancha, que parece ser cosa de dos: don Manuel González, alias Plinio, y don Lotario, desfaciendo entuertos, como Quijote y Sancho con seso mejor amueblado y el juicio en su sitio.

Ayer y hoy, molinos movidos por viento, viento aventurero. Aunque allí donde hay molinos y tal vez gigantes, no veamos más que ventiladores.

“ex quo videbatur triginta aut quadraginta molinos venti et pene Quijotus vidit eos, volvit cabezam ut dicere escudero sao: Ventura guiat pasos nosotros melior quam nos potebamus esperare: vide in illo altozano triginta aut magis descomunales gigantes con quibus ad escapem volo facere batallam et quitare vitan et con suis despojis nos fiemos ricos…
-¿Qué lee ese que no entiendo nada?
-Me parece que un Quijote en latín macarrónico, Manuel”

Francisco García Pavón, Voces en Ruidera
Ignacio Calvo, Historia domini Quijoti Manchegui



"—¿Qué gigantes? —dijo Sancho Panza.
—Aquellos que allí ves —respondió su amo—, de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas (...)
Dio de espuelas a su caballo Rocinante ... diciendo en voces altas:
—Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete.
Levantóse en esto un poco de viento, y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por don Quijote, dijo:
—Pues aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar.
Y en diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en el ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante y embistió con el primero molino que estaba delante; y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo. Acudió Sancho Panza a socorrerle, a todo el correr de su asno, y cuando llegó halló que no se podía menear: tal fue el golpe que dio con él Rocinante.
—¡Válame Dios! —dijo Sancho—. ¿No le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza?
—Calla, amigo Sancho —respondió don Quijote—, que las cosas de la guerra más que otras están sujetas a continua mudanza; cuanto más, que yo pienso, y es así verdad, que aquel sabio Frestón que me robó el aposento y los libros ha vuelto estos gigantes en molinos, por quitarme la gloria de su vencimiento: tal es la enemistad que me tiene; mas al cabo al cabo han de poder poco sus malas artes contra la bondad de mi espada.
—Dios lo haga como puede —respondió Sancho Panza".

Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha