vividos, viajados o sencillamente imaginados






Mostrando entradas con la etiqueta Pisa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pisa. Mostrar todas las entradas

sábado, 12 de febrero de 2011

escabechina




Inevitablemente he recordado a Quijote y Sancho. Entre el libro de caballerías y el realismo mágico divertidísimo (porque para mí el realismo mágico lo inventó Cervantes) discurre la biografía de un imaginado Fanto Fantini. Hay mucho de alma gallega y de las cocinas y de los caminos de Santiago del sabio Cunqueiro en su pintura de Italia, tan certera y tan fantástica. Sobre todo en el desapasionamiento y la ausencia de drama ante la muerte: en Galicia a la sin dientes le hablan de tú.




"Los viajeros se detenían debajo de una higuera, que tendía sus retorcidas ramas por encima de un muro medio arruinado, y alcanzaban fácil los higos verdescos, que reventaban melosos entre las grandes hojas (...) allí Ubaldo Cane de Cimarrosa, la víspera de la batalla contra los pisanos, había hecho correr entre éstos la noticia de que jurara solemne no pasar el río por el puente, sino vadearlo aguas arriba (...) El capitán de Pisa murió de su ira por haber caído en la trampa, y messer Ubaldo pidió permiso para saludar el muerto, y como los suyos querían enterrarlo en su ciudad, el vencedor, que siempre llevaba consigo varias barricas con pichones en escabeche, mandó sacar de una las aves, y escabechado se fue para Pisa, a hombros de sus tenientes, el infortunado Paolo Enza dei Mutti, que así se llamaba el crédulo hombre de guerra. Aun hoy se conoce el lugar de su sepultura, que el vinagre mata sobre ella las hierbas y no se logra en su cabecera el laurel".


Álvaro Cunqueiro, Vida y fugas de Fanto Fantini

domingo, 4 de mayo de 2008

hipervínculos

Contundente Larra ante un hombre monumental. Lo podría haber firmado Quevedo (tantos puntos en común: hoy Quevedo tendría su columna en un periódico).
Vuelvo a Larra: me ha llevado por donde ha querido. Como él, yo creía pasear por Mérida.
Lógica arqueológica: el rodeo es obligado.

“Mi cicerone era una verdadera ruina, no tan bien conservada como las romanas; sus piernas se plegaban en arco, como si el peso de la cabeza hubiese sido por mucho tiempo oneroso a la base del edificio; sus brazos pendían también como dos arcos laterales cuyo pie hubiesen carcomido dos ramales de un río, que hubiesen lamido por muchos años los costados del hombre. La cara hubiera dado lugar a las más graves investigaciones de una academia: semejante a una moneda largo tiempo enterrada, y tomada a trechos del orín y de la tierra, sus facciones estaban medio borradas, y ora parecían letras en estilo lapidario, ora vistas a otra luz semejaban algo un rostro humano maltratado por la intemperie o la incuria de sus guardianes. La fecha no se conocía, y aquel fragmento podía ser de varias épocas. Su desigual cabello, blandamente meneado por el viento, remedaba esa hierbecilla que por entre cornisas y coronamiento de una torre antigua hace nacer la humedad; sus dientes eran almenados, y la posición inclinada del cuerpo todo, fuera al parecer del centro de gravedad, le hacía parecer una pared que comienza a cuartearse, cuyas grietas hubiesen sido la boca y los ojos, y me trajo a la memoria la célebre torre de Pisa.”



Mariano José de Larra, Las antigüedades de Mérida