Verte y beberte. Desde el principio el protagonista me sedujo: un muchacho que no pega chapa, sale airoso en sus estudios y divide su tiempo entre la cama y el bar... inventando personajes que le hacen compañía en su viaje. Una vez más sin salir de la cama, en la mejor tradición, la de Maistre, Onetti o Proust, o en la de Bukowski, con sus otros saltos de cama al bar. La lectura bloquea la imaginación, pasmada ante tanto ingenio acumulado: es como si el joven irlandés fantasease por mí.
"Nos hallábamos los tres dedicados a verter vasos de cerveza en el interior de nuestros organismos y a expresar en un bello debate la consecuente sensación de bienestar físico y mental. (...) La cerveza era de calidad superior, sueve en la lengua pero picante en el orificio de la garganta, suavemente eficaz en su mágica circulación a través de los conductos del cuerpo. (...)
Brinsley apoyó luego su oscuro mentón en la palma de una mano y se acodó pensativo en el mostrador, inspeccionando su bebida, mirando más allá de la frontera del mundo.
¿Y si tomamos otra jarra?, dijo Kelly.
Ah, Lesbia, dijo Brinsley. Es lo mejor que he escrito en mi vida. ¿Cuántos besos, Lesbia, preguntas, servirían para saciar este mi ávido amor?(...)
Tres jarras, dijo Kelly.
Que sean tan infinitos como las estrellas que en la noche contemplan a los amantes tendidos en la zanja: tantas veces mordería Catulo loco de amor tus labios ardientes que ojos importunos no podrían contarlas (....)
Tráiganos, gritó Kelly, otras tres jarras antes de que nos muramos de sed. Dios santo, me dijo a mí, parece que estuviéramos en el desierto.
Es buen material, ¿sabes?, le dije a Brinsley. Se pintó ante mi mente una imagen de los amantes en su clandestino placer a la cálida luz de las estrellas, sin que brotara de ellos ningún sonido, la ávida boca de él en la de ella.
Pero que muy bueno, dije.
Kelly, invisible a mi izquierda, batió palmas.
Lo mejor que he bebido en mi vida, dijo".
Flann O'Brien, En Nadar-dos-pájaros


