vividos, viajados o sencillamente imaginados






Mostrando entradas con la etiqueta Cádiz. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cádiz. Mostrar todas las entradas

lunes, 19 de marzo de 2012

¡viva la Pepa!



Viva la Pepa acabó siendo una lectura maliciosa de la alegría que trajo la Constitución de 1812: el todo vale, la irresponsabilidad, la desidia, el desinterés y el aquí me las den todas. Los españoles, que ciertamente somos dados a la fiesta y a las efusiones públicas, esta vez tuvieron una buena excusa. La española le plantó cara al francés; así que Pepa de Cádiz le habló de tú a Pepe Botella y le partió la constitucional bayoneta, aunque ahí el hermano mantuviera presos al rey cesante y al rey aspirante.


Pero eso dio lo mismo. Luego vendrían días de vivas sin argumento, y también penas hijas de su defensa. Tuvo que pasar mucho tiempo para que el trágala acabase en buena digestión y le quedasen borradas a la Pepa sus tres primeras palabras.

Hoy tenía previsto estar en Cádiz, no ha podido ser.


"Art. 6. El amor de la Patria es una de las principales obligaciones de todos los españoles y, asimismo, el ser justos y benéficos".

Constitución española de 1812,
promulgada por las Cortes Generales de España
el 19 de marzo de 1812 en Cádiz





sábado, 21 de marzo de 2009

con un pie en la luna

No dejan de sorprenderme esas lunas llenas que no caben en sí, posiblemente hinchadas de gozo. Dicen los entendidos que este 2009 ya ha tenido su luna llena más grande en el mes de enero. Y que en los últimos veintidós años no ha habido otra como la de junio de 2005. Vuelvo (y no por última vez, que volveré) al viaje sin salir de casa. En este caso, mejor dicho, al espectáculo sin precio (Maistre, a quien recordábais estos días atrás, lo cuenta muy bien). Siempre hay lunas llenas en noches impagables, pero que conste que la luna me gusta siempre, se ponga como se ponga.



"¡Cuán pocas personas, me decía a mi mismo, disfrutan ahora conmigo el espectáculo sublime que el cielo muestra inútilmente a los hombres aletargados!... Bien está, tratándose de los que duermen; ¿pero qué les costaría a los que se pasean, a los que salen en tropel del teatro, mirar un instante y admirar las brillantes constelaciones que irradian por todas partes sobre sus cabezas? No; ... van a volver estúpidamente a su casa, o donde sea, sin pensar que el cielo existe... ¡Qué cosa más rara!... Porque se le puede ver con frecuencia y gratis, no quieren mirarlo. Si el firmamento permaneciese siempre velado a nuestra vista; si el espectáculo que nos ofrece dependiera de un empresario, los palcos de preferencia en los tejados valdrían un dineral y las damas de Turín se disputarían con furor una luneta".

Xavier de Maistre, Expedición nocturna alrededor de mi cuarto

domingo, 5 de octubre de 2008

naturaleza de mínimos

Cierto que me han sorprendido la reflexión y la descripción de Fernán Caballero. Como huída del tópico del paisaje pintoresco, bien, al fin y al cabo ella es uno de los referentes de la literatura realista. Otra cuestión es que por distinto camino alcance la contemplación del paisaje en término semejante a como lo hizo el Romanticismo. Y a buen seguro que el camino de la escritora es más corto.

Ornamentos los imprescindibles, dramatismo el justo. Esta naturaleza de mínimos, que tampoco pide mucho, pone en guardia los sentidos y despabila el corazón.

"Se alegraba su ánimo al contemplar aquel espléndido cielo, pues como dice Lamartine, allí donde el cielo sonríe, impulsa al hombre a sonreír también. Admiraba horas enteras la reventazón de las olas del mar, que en tan airoso y grave movimiento se henchían para extenderse en espumoso torbellino sobre la dorada arena. Complacíase en observar las formas caprichosas de las rocas, esas masas anfibias, alternativamente cubiertas por las olas y alumbradas por el sol, insensibles a las caricias de éste y a la amargura de aquéllas, pues nada temen y nada esperan.

Todo aquello le infundía mil sensaciones y pensamientos, pues como dice Balzac: le paisage a des idées; el paisaje tiene ideas.



Es cierto que el paisaje que la rodeaba, compuesto por el mar y un coto de tierra llana, sin accidentes de terreno, sin árboles, sin agua, ni más señales de habitación humana que la cuadrada y pesada mole del caserío que habitaban, no pertenecía al orden del paisaje que se denomina ameno o romántico; y no obstante, ¿cuál es el encanto que existe en una naturaleza inculta y uniforme? ¿Por qué infunde ésta ideas alegres y elevadas, mucho más que lo hacen los frondosos paisajes, con sus bosques, sus quebradas, sus arroyos, sus variadas vistas, en las que todo se mueve, se engalana, se agrupa vistosamente? Puede que el amor al país y la costumbre participen al primero su encanto; puede que sea un sentir peculiar a la persona que esto escribe; pero ello es que una dehesa uniforme con su sello de primitiva y libre vegetación, un cielo puro y alto, un mar azul que compite en brillo y grandeza con el cielo, un caserío austero y grandioso, cuidando de su fuerza sin atender a su adorno, le parecen llenos de una majestad serena que ensancha el alma e impregna el ánimo del tranquilo goce de la soledad y de la gran sensación de lo infinito. Parece allí la tierra más humilde y el sol más sonriente, si es lícito expresarnos así. Es allí el aire más puro y más balsámico, profusamente impregnado como se halla del enérgico perfume de las silvestres plantas. Pocas cosas distraen la contemplación en aquella grave naturaleza, que parece ella misma meditar abstraída".

Fernán Caballero, Clemencia