
Tenía un asunto pendiente con ese castillo que apunta su proa a la costa y se atreve a desafiar al mar, tal vez porque las aguas asusten e intimiden menos desde esa altura en que parecen llanuras de estaño. Aunque después de tantos siglos allí encaramado lo más probable es que haya terminado entablando amistad con la roca y el horizonte, harto de tanto asedio, sed y viento, de que tanto hijo de ibero y romano, moro o cristiano le recorran las venas, antes de que franceses de tantas generaciones vengan a patearle las tripas. Tenía que rendir mis honores a este desgastado santo Job que hoy en su atalaya chumbera no está sino a verlas y verlos venir, restauradores, curiosos o turistas bienintencionados, lo que es una al fin y al cabo, por mucho que piense que visitar al enfermo es una obra de caridad.


3 comentarios:
No lo conozco. Para mi esa zona es casi terra incognita.
Supongo que querías decir "harto de tanto asedio, sed y viento, de que tanto hijo" de puta le toque las criadillas en sus históricas correrías. O algo parecido ¿no?
Rubén, yo tampoco hasta estas navidades. Hacía años lo había visto desde el tren de Oropesa a Valencia y mira, todo llega. El pueblo es una sorpresa en la ladera.
Carlos, sí, el escrúpulo de historiadora que a veces se me escapa. Como dices en tu blog (www.fuentedebaco.blogspot.com) ya no sé si el castillo es una sombra de lo que era o una sobra de lo que hubo.
Publicar un comentario