vividos, viajados o sencillamente imaginados






sábado, 28 de junio de 2008

días de vino y fresas


Un libro cuyo primer capítulo sitúa al protagonista en la Arcadia (et in Arcadia ego con ecos de Virgilio) no puede sino avanzar por el terreno de un paraíso en el que el hombre, en algún momento, ha creído habitar. Un paraíso tal vez no eterno, pero tan intenso como para perdurar en la añoranza.



"Oxford, entonces, era todavía una ciudad de acuatinta…cuando los castaños estaban en flor y las campanas re­picaban claras y sonoras sobre los gabletes y las cúpulas, exha­laban la suave atmósfera de siglos de juventud. Era esa quietud claustral la que prestaba resonancia a nuestra risa y la preservaba, alegremente, a pesar del clamor momentáneo.




Faltaba poco para las once cuando Sebastian, sin avisar, se metió por un camino de carros y nos detuvimos.
Comimos las fresas y bebimos el vino sobre un montículo cubierto de hierba mordisqueada por las ovejas, bajo un grupo de olmos (y, tal como había prometido Sebastian, la combinación de vino y fresas resultaba deliciosa), encendimos gruesos cigarros turcos y nos tendimos de espaldas sobre la hierba. La mirada de Sebastian estaba fija en las hojas de los árboles; la mía, en su perfil, mientras el humo gris azulado ascendía, sin que ningún viento lo estorbara, hacia las sombras verdiazules del follaje. Nos envolvía la dulce fragancia del tabaco, mezclada con los no menos dulces aromas del verano a nuestro alrededor, y los vapores del dorado, exquisito vino parecían elevarnos a un dedo de la hierba y dejarnos suspendidos en el aire".


Evelyn Waugh, Retorno a Brideshead



Sucede así que hay pequeños hitos en el texto que uno, desde la imitación que se puede permitir como lector, ha podido reproducir en forma de breves viñetas.

Como el placer de una mañana en que te sientes Sebastian Flyte, bajo la mirada de un Charles Ryder copa en mano que no se aparta de tu perfil abierto brevemente para recibir una fresa en la boca.

viernes, 20 de junio de 2008

la inocencia es ciega (a veces)





La piedra más antigua de Salamanca anuncia el reflejo dorado de la ciudad. En un arranque de afecto, a este toro del campo charro lo han cogido en volandas para ser ofrendado en un altar de diseño. Así las cosas hoy Lázaro no hubiese espabilado, al menos de esta forma:

"Salimos de Salamanca, y llegando a la puente, está a la entrada de ella un animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego mandóme que llegase cerca del animal, y allí puesto, me dijo:
-Lázaro; llega el oído a este toro y oirás gran ruido dentro dél.
Yo simplemente llegué, creyendo ser así. Y como sintió que tenía la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y dióme una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor de la cornada y díjome:
-Necio, aprende que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo.
Y rió mucho la burla.
Parecióme que en aquel instante desperté de la simpleza en que, como niño dormido, estaba".

Anónimo, Lazarillo de Tormes

sábado, 14 de junio de 2008

honrada ruina



Son las ruinas, la ruina humana, las que devora la naturaleza del paisaje romántico, allí donde el hombre se hace pequeño. Otros serán quienes sin entender confundan la locura con esta alma honrada y consciente de su insignificancia. No Bécquer cuando concluye, en las últimas líneas de la leyenda, que ensimismarse con la luna no es de lunáticos:
“Manrique estaba loco; por lo menos, todo el mundo lo creía así. A mí, por el contrario, se me figura que lo que había hecho era recuperar el juicio”.



“Sobre el Duero, que pasa lamiendo las carcomidas y oscuras piedras de las murallas de Soria, hay un puente que conduce de la ciudad al antiguo convento de los Templarios, cuyas posesiones se extendían a lo largo de la opuesta margen del río.En la época a que nos referimos, los caballeros de la Orden habían ya abandonado sus históricas fortalezas; pero aún quedaban en pie restos de los anchos torreones de sus muros; aún se veían, como en parte se ven hoy, cubiertos de hiedra y campanillas blancas, los macizos arcos de su claustro, las prolongadas galerías ojivales de sus patios de armas, en las que suspiraba el viento con un gemido, agitando las altas hierbas.



En los huertos y en los jardines, cuyos senderos no hollaban hacía muchos años las plantas de los religiosos, la vegetación, abandonada a sí misma, desplegaba todas sus galas, sin temor de que la mano del hombre la mutilase, creyendo embellecerla.… y en los trozos de fábrica próximos a desplomarse, el jaramago, flotando al viento como el penacho de una cimera, y las campanillas blancas y azules, balanceándose como en un columpio sobre sus largos y flexibles tallos, pregonaban la victoria de la destrucción y la ruina”.

Gustavo Adolfo Bécquer, El rayo de luna

miércoles, 11 de junio de 2008

fuera de mapa (III) Oscar Wilde

Habitualmente están fuera de mapa y de tiempo, pero los he visto allí donde no los hay, iguales a los que venían en mi EXINcastillos.
Sorpendidos mientras intimidaban a las hojas recién despiertas por la lluvia. Captados en su plenitud opaca por la cámara.
Y si la cámara los ha captado ¿será que no son fantasmas?


"De cuando en cuando se oía una paloma arrullándose con su voz más dulce, o se entreveía, entre la maraña y el fru-fru de los helechos, la pechuga de oro bruñido de algún faisán.
Ligeras ardillas los espiaban desde lo alto de las hayas a su paso; unos conejos corrían como exhalaciones a través de los matorrales o sobre los collados herbosos, levantando su rabo blanco. Sin embargo, no bien entraron en la avenida de Canterville-Chase, el cielo se cubrió repentinamente de nubes. Un extraño silencio pareció invadir toda la atmósfera, una gran bandada de cornejas cruzó calladamente por encima de sus cabezas, y antes de que llegasen a la casa ya habían caído algunas gotas.

(...) El valor indomable de los antiguos Canterville se despertó en él y tomó la resolución de hablar al otro fantasma en cuanto amaneciese. Por consiguiente, no bien el alba plateó las colinas, volvió al sitio en que había visto por primera vez al horroroso fantasma. Pensaba que, después de todo, dos fantasmas valían más que uno sólo, y que con ayuda de su nuevo amigo podría contender victoriosamente con los gemelos. Pero cuando llegó al sitio se halló en presencia de un espectáculo terrible. Le sucedía algo indudablemente al espectro, porque la luz había desaparecido por completo de sus órbitas. La cimitarra centelleante se había caído de su mano y estaba recostado sobre la pared en una actitud forzada e incómoda. Simón se precipitó hacia delante y lo cogió en sus brazos; pero cuál no sería su terror viendo despegarse la cabeza y rodar por el suelo, mientras el cuerpo tomaba la posición supina, y notó que abrazaba una cortina blanca de lienzo grueso y que yacían a sus pies una escoba, un machete de cocina y una calabaza vacía. Sin poder comprender aquella curiosa transformación, cogió con mano febril el cartel, leyendo a la claridad grisácea de la mañana estas palabras terribles:
He aquí al fantasma Otis
El único espíritu auténtico y verdadero
Desconfíen de las imitaciones
Todos los demás son falsificaciones"


Oscar Wilde, El fantasma de Canterville

domingo, 8 de junio de 2008

la espada


Las historias envueltas en la oscuridad del tiempo no tienen espacio definido. Es propio de mitos el que puedan arbitrariamente cambiar de sitio. Irlanda también quiere ser dueña de los escenarios donde el rey Arturo y sus amiguetes hicieron de las suyas. Una aspiración que comparte el mundo celta. Sin ir más lejos, ahí tenemos la Galicia del Merlín de Cunqueiro. Gales parece que ofrece las pruebas más veraces pero el cine ha venido a echar una mano a Irlanda. Wicklow y el Lago Tay arroparon algunas secuencias de Excalibur, en concreto la inicial y la final: es el lago de donde surge la espada y el mismo al que Percival la devuelve.

También hay donde elegir entre los narradores de la historia. Al margen de la de Thomas Malory, por aquello de la edición con ilustraciones de Beardsley, me quedo con la de Steinbeck. Un texto asequible y bien trabajado, que nos acerca a la historia sin perder la distancia de los primitivos relatos. Respetuoso con los originales, sin alterar trama ni contenido ni símbolos, con sus diálogos de sabia filosofía de andar por esos campos, entre ideales y pasiones, con esos viajes tan irreales y fantásticos que hoy se expresan en aventuras como las del caballero andante que es Indiana Jones, sin olvidar un solo tópico de bosques, encantamientos, pabellones y castillos, paisajes que hemos acabado creyendo que sólo existen en el cine.


"Luego divisaron a una dama que caminaba ligeramente sobre la superficie del lago...
-Señora, dime por favor qué es esa espada que veo en el lago. Me gustaría tenerla, pues no tengo espada.
-La espada es mía, señor, pero si me concedes una gracia cuando yo lo pida, te cedo la espada.
-Por mi honor, tendrás lo que desees -dijo el rey.
-Entonces es tuya -dijo la dama-. Sube al batel que ves allí y rema hasta el brazo, y toma la espada y la vaina. Pediré mi gracia cuando llegue el momento".


John Steinbeck, Los hechos del rey Arturo

jueves, 5 de junio de 2008

aquí, de nuevo



Desde hace unos días Granada vuelve a tirarme sus granos a la cabeza. Debe ser que aún no está decidido si este año pasaré por allí, como procuro hacer cada año. No creo que sea culpa del libro de Potocki, de este tiempo atrás, por insinuarla. El caso es que no se trata de una sensación melancólica. Nada de "llorando por Granada", de aquellos Puntos que me encantaban de niña. Pero sí que se notan las ganas de verla. Así que de momento, mientras fantaseo al pensar que me está esperando, pues me tomo una Alhambra bien fresquita, y que sea por Granada.




Esta vez por una Granada que va más allá del tópico en el que a veces caemos, incluso con auténtico placer. Ángel Ganivet pregunta (de esto hace más de cien años) por la coherencia de las ciudades, por el equilibrio entre tradición y modernidad. Porque en las ciudades, sin negar que son hijas de su tiempo, también el tiempo debe dejar su huella. Los resultados son múltiples: un lifting que desvirtúa el natural del rostro que le dio fama, una cirugía agresiva que parece hecha a mala leche, o los discretos ciudados de quien sabe envejecer.



“Yo no comprendo cómo la casa de pisos ha podido sentar sus reales en nuestra ciudad; cómo la portería ha matado el patio andaluz; cómo las salas bajas se han transformado en portales de comercio menudo, obligando a los ciudadanos a pasar los meses de calor en los pisos altos, en ropas menores. La culpa no es de los arquitectos, que en nuestra época, más que hombres de ciencia o de arte, son acomodadores. El problema que se les obliga a resolver no es estético, ni siquiera higiénico; se les pide que construyan casas que cuesten poco y que den mucha renta, y para ello no hay otro recurso que encasillar muchas personas en muy poco terreno. Y lo peor no es lo que se ve, sino lo que se prevé que ha de ocurrir; porque, marchando contra la evidencia, nuestra sociedad ha condenado ya al desprecio la casa antigua, libre y autónoma, y ha decidido que lo elegante sea el piso a la moderna.”

Ángel Ganivet, Granada la bella

domingo, 1 de junio de 2008

lo que hay que ver...


¿Quién dijo que viajar es placentero? Esto no es viajar. Son cosas de las obligaciones protocolarias. Y además, al estilo de los circuitos turísticos que nos contaba Gila, desilusión ante el tópico monumental incluida. Enrique Jardiel tampoco disfrutó del viaje (bueno, sí, mientras lo relataba), su libro no fue entendido. No se trataba de un ataque a la divinidad, sino a la estupidez humana.
Nota: me ha sido imposible encontrar fresa de Aranjuez para la fotografía.

“El centro de España era la provincia de Madrid, y el centro del centro, el Cerro de los Angeles. Dios iba a descender junto al monumento a su Hijo.
"LUEGO VISITARE LO RESTANTE".—También esto aparecía claro. Visitada España, Dios se dirigirá a visitar el resto de la Tierra.
"MI PRESENCIA SERA EN EL CENTRO, el Cerro de los Angeles. Dios iba a descender junto al monumento a su Hijo.
Dios acentuó otra vez su sonrisa, y perdiendo la mirada en el árido paisaje que corría ante la ventanilla, al fondo del cual aún se distinguía la cúspide del Cerro de los Ángeles, dejó escapar:
-¡Los reporteros!... ¿Qué vas a mi a decirme, hijo, que vas a mí a decirme?...
Suspiró:
-He conocido de cerca los primeros reporteros de la Tierra, …me refiero a los evangelistas…Todos fueron testigos presenciales de la catástrofe, y sin embargo, cada cual contó la cosa de un modo diferente…

La multitud estuvo a punto de arrollar a Dios.-
Hubo que escoltarle hasta Getafe y con ese motivo se produjeron desórdenes y víctimas.-
El Agnus Dei, suelto, fue a estrellarse en los alrededores de una aldea de la provincia de Soria.-

EN EL ESCORIAL
De El Escorial dijo:
-Creí que era más grande
EN ARANJUEZ
En Aranjuez le dieron fresa de otra parte, lo que le hizo preguntar:
-Para comer fresa de Aranjuez, ¿adónde hay que ir?
Y se le contestó que a Valencia (Añadiéndole que para comer naranjas de Valencia tendría que ir a Londres.)

EN SEGOVIA Y ANTE EL ACUEDUCTO
…cuando le dijeron que el Acueducto había sido construido en una sola noche por el Diablo, protestó despectivamente:
-¡Ése qué va a hacer!

EN TOLEDO
Toledo no le gustó.
-Hay demasiadas cuestas, demasiados cadetes, demasiado mazapán y demasiadas posadas donde se han escrito libros famosos”.
Enrique Jardiel Poncela, La “Tournée” de Dios

martes, 27 de mayo de 2008

universo a escala

Los mercados son agradables. El del Val aún transmite el aire de familia de los clientes y los puestos de toda la vida. Su aspecto es modesto pero se le adivina el orgullo de haber sobrevivido a los derribos que terminaron con casi todos ellos.



“Me gustaba el mercado por fuera, con su aglomeración de obreros, meretrices, encantadores de serpientes, exploradores apócrifos que vendían productos exóticos y montañeros igualmente apócrifos que habían bajado de las cumbres saludables con el caramelo de los Alpes para la tos. (…) Un viaje alrededor del mercado, pues, podía ser como un viaje alrededor del mundo...

No me regía ya, dentro de la galaxia confusa y olorienta del mercado, por las leyes de la deuda, la trampa y el precio, sino por la ley más implacable del amor, a pesar de lo cual siempre temía encontrarme a la chica por algún sitio, pues a ella, a media mañana, le gustaba darse un paseo por todo el mercado saludando a los otros tenderos y recibiendo el homenaje macho y vegetal de los hortelanos: haciendo, en fin, un poco de vampirtismo en aquel mundo que era su reino, un reino de frutas, lenguados muertos, corderos como víctimas y comadres como brujas.(…)



Y el mercado… se fue transformando así en el lugar de mis sueños, y las frutas se encendieron como luces, y los pescados se volvieron de plata, y las naranjas de oro, y la carne era como un tributo sangriento a mi diosa, y todo era una fiesta donde los vegetales perfumaban intensamente, los panes eran panes de oro y los quesos eran eunucos que codiciaban a mi reina, presos en sus vitrinas de cristal".



Francisco Umbral, Las Ninfas


viernes, 23 de mayo de 2008

la vía láctea

La Vía Láctea de Buñuel es una peculiar crónica del peregrinaje. Estos viajes suelen amenizarse con historias y anécdotas teñidas de picardía y frivolidad, al modo de los Cuentos de Canterbury.
Pero Buñuel prefiere un camino menos llevadero, con un hilo conductor que resulta incluso indiferente o lejano. No cabe duda de que trasladar a la pantalla un manual de herejías es arriesgado.
De todas maneras, nunca lo será tanto como la decisión del peregrino, cuando no sabe qué flecha seguir.



"Algunos sueñan en un universo infinito, otros nos lo presentan como finito en el espacio y en el tiempo. Heme aquí entre dos misterios tan impenetrables el uno como el otro. Por una parte, la imagen de un universo infinito es inconcebible. Por otra, la idea de un universo finito, que dejará algún día de existir, me sumerge en una nada impensable que me fascina y me horroriza. Voy de una a otra. No sé".


Luis Buñuel, Mi último suspiro

sábado, 17 de mayo de 2008

será


“Será uno de esos días en que la primavera vendrá de la peluquería muy planchada y brillante, con olor desparramado de lociones de jazmín y de violeta. El sol se habrá hecho cilindros de oro en los bocks de cerveza, y los tejados, lavados de las últimas lluvias, tendrán un áureo reflejo sobre su rosa cocido.



El humo de las chimeneas será blanco y rizado, y habrá golondrinas primerizas y nubes espumosas, trayendo espejismos de mar a la ciudad interior, tan apretada de llanuras hoscas… Del entierro del invierno llegarán señores serios con la grave etiqueta del sombrero de paja, aún anémico de la falta de sol de la fábrica reciente.


Los aeroplanos querrán imitar a las golondrinas y volarán tan bajos que se verá a sus tripulantes sonreír alborozados, y los tranvías reestrenarán sus jardineras y las mujeres sus abanicos de majas y toreros.
Las campanas habrán perdido su seriedad y darán muchas volteretas en los campanarios, y los relojes se dormirán dando las horas, y a las doce darán las veintisiete con mucha prisa…”


Felipe Ximénez de Sandoval, Tres mujeres más equis




Un algo de escritura más o menos escondida, que nos han escondido, tal vez.
Es fascinante esa fluidez, vitalidad y frescura que se marcaban en los años veinte. La ciudad tomada por la modernidad: los aeroplanos, la fábrica y la cerveza (como que el vino quedaba muy de pueblo). Con ecos de la ciudad automática de Camba, con su deje de futurismo: pero en versión castiza ¿eh? que no nos quiten la fuerza y el ritmo de cada estación.

lunes, 12 de mayo de 2008

belle de jour



Gerona tiene ecos del Jardín del Edén.
Está cruzada por cuatro ríos, como los del Paraíso.
Perfecta para guardar el tapiz de la Creación.



Gerona me evoca a Florencia, allí por donde la cruza el Arno, más que a Venecia (como dicen). En cualquier caso en Gerona sólo se ve Gerona, toda esplendor mediterráneo. Hoy mismo hablábamos de ella, digna del reconocimiento de Patrimonio Mundial, que tal vez ni siquiera necesite. Gerona es consciente de su belleza, aunque sólo se lo digan entre susurros o quede en pensamiento inconfesable.


“A primera hora de la mañana, cuando voy a la universidad, encuentro, a veces, señoritas con mantilla, devocionario, rosario y un círculo morado en los ojos –una de ellas con los ojos negros y los cabellos grises-. Estas apariciones me hacen pensar en Girona, hacen surgir ante mis ojos la vida matinal y beata de aquella ciudad. En virtud de un mecanismo desconocido por mí, uno, en mi espíritu, lo que hubiera deseado hacer y no me he atrevido a hacer –o sea, la clandestinidad- con Girona. Las piedras viejas fueron siempre para mí, un poco afrodisíacas. Pienso en las tazas de chocolate con bizcochos que toman las señoras al regresar de misa y en muchas otras cosas –en el posible deseo permanentemente insatisfecho de estas señoritas devotas, de aspecto dulce y tonto, pero quizás eficaz”.

Josep Pla, El cuaderno gris

jueves, 8 de mayo de 2008

cuentos para salir del paso

Cada cierto tiempo vuelvo a estos parajes de la niñez. Por entonces para llegar a La Carolina (aún era La Peñuela en la época en que se ambienta el libro) había que soportar eternas caravanas de camiones, imposibles de adelantar en el tortuoso paso de Despeñaperros. Mientras miraba las extrañas formas de la montaña, me acompañaban los bandoleros, el Salto del Fraile, el castillo de las Navas de Tolosa en forma de breves cuentos que según escuchaba se instalaban en el terreno de mi fantasía.
Por eso Jan Potocki hoy me parece el eco de aquella voz familiar cuando me narra, en el mismo escenario, nuevas historias extraordinarias.


“El conde de Olavídez no había establecido aún colonias de extranjeros en Sierra Morena; esta elevada cadena que separa Andalucía de la Mancha no estaba entonces habitada sino por contrabandistas, por bandidos, y por algunos gitanos que tenían fama de comer a los viajeros que habían asesinado. De allí el refrán español: Devoran a los hombres las gitanas de Sierra Morena. Y eso no es todo. Al viajero que se aventuraba en aquella salvaje comarca también lo asaltaban, se decía, infinidad de terrores muy capaces de helar la sangre en las venas del más esforzado. Oía voces plañideras mezclarse al ruido de los torrentes y a los silbidos de la tempestad; destellos engañadores lo extraviaban, manos invisibles lo empujaban hacia abismos sin fondo.

A decir verdad, no faltaban algunas ventas o posadas dispersas en aquella ruta desastrosa, pero los aparecidos, más diablos que los venteros mismos, los habían forzado a cederles el lugar y a retirarse a comarcas donde no les fuera turbado el reposo sino por los reproches de su conciencia, fantasmas estos con los cuales los venteros suelen entrar en componendas”.

Jan Potocki, Manuscrito encontrado en Zaragoza

domingo, 4 de mayo de 2008

hipervínculos

Contundente Larra ante un hombre monumental. Lo podría haber firmado Quevedo (tantos puntos en común: hoy Quevedo tendría su columna en un periódico).
Vuelvo a Larra: me ha llevado por donde ha querido. Como él, yo creía pasear por Mérida.
Lógica arqueológica: el rodeo es obligado.

“Mi cicerone era una verdadera ruina, no tan bien conservada como las romanas; sus piernas se plegaban en arco, como si el peso de la cabeza hubiese sido por mucho tiempo oneroso a la base del edificio; sus brazos pendían también como dos arcos laterales cuyo pie hubiesen carcomido dos ramales de un río, que hubiesen lamido por muchos años los costados del hombre. La cara hubiera dado lugar a las más graves investigaciones de una academia: semejante a una moneda largo tiempo enterrada, y tomada a trechos del orín y de la tierra, sus facciones estaban medio borradas, y ora parecían letras en estilo lapidario, ora vistas a otra luz semejaban algo un rostro humano maltratado por la intemperie o la incuria de sus guardianes. La fecha no se conocía, y aquel fragmento podía ser de varias épocas. Su desigual cabello, blandamente meneado por el viento, remedaba esa hierbecilla que por entre cornisas y coronamiento de una torre antigua hace nacer la humedad; sus dientes eran almenados, y la posición inclinada del cuerpo todo, fuera al parecer del centro de gravedad, le hacía parecer una pared que comienza a cuartearse, cuyas grietas hubiesen sido la boca y los ojos, y me trajo a la memoria la célebre torre de Pisa.”



Mariano José de Larra, Las antigüedades de Mérida

lunes, 28 de abril de 2008

calma

Todavía determinados lugares de la costa nos regalan sensaciones que hoy suponemos propias de tiempos pasados.
Lo que cuenta Rusiñol de Sitges, cuando lo descubre en los años que cierran el siglo XIX, sigue siendo cierto.






“El pueblo de Sitges, como la mayor parte de sus hermanos de la costa, es una nota blanca destacando sobre una nota azul. Un grupo de casas extendidas al pie de su rosada iglesia, un alto peñón, una playa, algunas calles en declive limpias como la arena y el mar; es todo lo que contiene este nido de la costa. Poco es, en verdad, es probable que penséis, pero deteneos en él, respirad su brisa, y bañaos en su sol, gozad de su sombra y de su soberana quietud, acostumbraos a su dulce placidez y veréis el atractivo inmenso que tiene este país de la luz”.

Santiago Rusiñol, La nostalgia de dos patrias

miércoles, 23 de abril de 2008

curiosidad satisfecha

Las palabras del paisaje. Éste es el título de un artículo de Joaquín Araújo, que resulta una sorpresa: en él aparece la lista que siempre quise tener. Palabras que en más de una ocasión he necesitado, que me han dejado colgada a mitad de una frase. Palabras desconocidas, así, tomadas dos a dos y ordenadas en el calendario de la naturaleza.



"Enero es la totovía aflautando y el zorro tauteando.
Febrero es el mirlo mirleando y el cárabo ululando.
Marzo es la golondrina trisando y el mochuelo maullando.
Abril es la cigüeña blanca crotoreando y el autillo silbando.
Mayo es la perdiz roja ajeando y el ruiseñor concertando.
Junio es la rana común croando y el grillo estridulando.
Julio es la tórtola zureando y el corzo ladrando.
Agosto es la chicharra garliendo y todos los demás callando.
Septiembre es el rabilargo crocitando y el ciervo bramando.
Octubre es el petirrojo resucitando y el ganso pasando.
Noviembre es la grulla gruyendo y los patos parpando.
Diciembre es el lobo otilando y la becada, la becada es silencio".


Joaquín Araújo, Las palabras del paisaje

http://www.elmundo.es/elmundo/2008/04/09/ciencia/1207757345.html

miércoles, 16 de abril de 2008

sueños de agua

Tal vez sea la Sevilla menos obvia y más evocadora, de secuencia exquisita: un palacio almohade que asimila los modos de los siglos, gótico, mudéjar, para finalmente transportarnos, como si ocurriese dentro de un sueño, a la Italia renacentista.

"Adorad, extasiaos, para vuestro reino interior, en los jardines del Alcázar sevillano, -como en Aranjuez, como en la mágica Granada. De todo lo que han contemplado mis ojos, una de las cosas que más han impresionado a mi espíritu son esos deleitosos y frescos retiros. Ni las vetustas murallas carcomidas de siglos, que aún atestiguan el viejo poderío de los conquistadores romanos, ni los restos visigodos, ni la esbelta Giralda mauritana, cuyo nombre alegra como una banderola, ni la Torre del Oro a la orilla del río, ni las magnificencias del Alcázar, que renuevan en mi memoria las sensaciones experimentadas en la Alhambra granadina, nada me ha hecho meditar y soñar como estos jardines que vieron tantas históricas grandezas, tantos misterios y tantas voluptuosidades.
…Cuando uno entra, a un lado de las galerías que llevan el nombre de aquel raro monarca que comprendía la belleza morisca, que tuvo mucho de oriental, mucho del Arum-al-Raschid de «Las mil y una noches», lo primero que conmueve es el más blando de los silencios, apenas turbado por el fino hilo líquido que cae de un surtidor en el ancho estanque de verdes aguas. El suave viento mueve el ramaje de dos grandes magnolias vecinas.

Y entre rosales y arrayanes, se descienden dos graderías y se va a ver lo que se llama los baños de doña María de Padilla. Hay una grande y larga piscina, bajo bajas bóvedas góticas. Nada más. Pero, ¿qué importa? Pintores ha habido que han intentado resucitar el sensual capítulo de la bella novela de vida. Quedaos al amor de vuestras ideas. ¿No oís cantar los pájaros de la primavera? ¿No veis al monarca que se acerca entre las flores nuevas y lujuriantes? ¿No oís el ruido del agua transparente en donde el cuerpo sonrosado de la real querida forma a su rededor círculos de diamante? Ella ríe, el duro rey sonríe".
Rubén Darío, Tierras Solares

jueves, 10 de abril de 2008

musgo y piedra


Un día de lluvia como hoy no es imprescindible para subrayar esa tristeza que atraviesa los huesos, pero deja evocar el pulso casi perenne, musgo y piedra, de Compostela. Ligero alivio.



“Compostela no está hecha, está viva, y aunque quisieran embalsamarla como cadáver con verjas y funcionarios públicos que cobrasen la entrada a sus calles, no se podría evitar que el aire, y la flora espontánea, y la lluvia, la fuesen modificando cada día, sin que podamos prever cuál será su color dentro de treinta años, cuáles muros se habrán desmoronado y cuáles permanecerán erguidos y victoriosos. La arquitectura combate con el tiempo, y aunque el tiempo, englutidor insaciable, será al final vencedor, ¿quién sabe lo que dilatará la pelea? ¿Años o siglos?”

Gonzalo Torrente Ballester, Compostela y su ángel

domingo, 6 de abril de 2008

la maleta

Sé que no he llegado tarde a Praga, aunque hace tiempo que inicié este viaje. Hoy alcanzo destino, traigo más cariño que equipaje. Merece la pena: Praga tiene una piel delicada y perceptiva. Sensible al tacto del hombre. Como un taxi, casi sin dar la dirección, sabe a dónde dirigir nuestros sentidos.



“Ayer mismo había tenido miedo de que, si la invitaba a visitarle en Praga, viniera a ofrecerle toda su vida. Cuando ahora le dijo que tenía la maleta en la consigna, se dio cuenta de inmediato de que en esa maleta estaba toda la vida de ella y de que la había dejado momentáneamente en la estación antes de ofrecérsela.
Cogió el coche que estaba aparcado delante del edificio, recogió la maleta (era grande y enormemente pesada) y regresó a casa, con la maleta y con ella”.

Milan Kundera, La insoportable levedad del ser

jueves, 3 de abril de 2008

Fuera de mapa (II) Thomas Mann

El color se diluye en el blanco y el negro. Como el color, la noción del tiempo también se evapora. Minutos y horas se demoran entre bostezos. Las semanas, los meses marcan rápido el paso. La danza de los días sólo se percibe en el negro rotundo de la noche.


“Sin embargo, aquellas sensaciones tan desagradables eran compensadas por lo cómodo que se sentía, por las cualidades difíciles de analizar y casi mágicas de la tumbona, que Hans Castorp de nuevo constataba con sumo placer…En cualquier caso, nada podía garantizar el feliz reposo del cuerpo mejor que aquella excelente tumbona. Así pues, la satisfacción reinaba en el corazón de Hans Castorp al pensar que disponía de dos horas para estar tranquilo sin hacer nada, las dos horas sagradas de la cura principal…”

“El tiempo pasaba despacísimo, el plazo parecía infinito… Hacía mil cosas, cogía objetos y los volvía a dejar, salía a la terraza, contemplaba el paisaje, el alto valle, ya enteramente familiar para él en todas sus formas: sus picos, las siluetas de sus crestas y sus paredes rocosas…”

Thomas Mann, La montaña mágica

lunes, 31 de marzo de 2008

palmeras

Para Rosa, mejor que flores. Son las palmeras de tu tierra que hoy se han quedado sin letra.