vividos, viajados o sencillamente imaginados






Mostrando entradas con la etiqueta Santiago Rusiñol. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Santiago Rusiñol. Mostrar todas las entradas

jueves, 5 de febrero de 2009

café para cuatro


Josep Pla fantaseó. Fantaseó con las tardes tardísimas de Els Quatre Gats. Nosotros fantaseamos, pero nuestra fantasía se contagia de la fantasía de Pla, más cercana en el tiempo y por ello, teñida de veracidad. Ahora, cuando cruzamos la puerta de Els Quatre Gats leemos a Pla en esas barbas que cuelgan de la pared. Ahí están, artesanos de la tertulia, derrochadores de horas, pródigos en palabras, inconscientemente extravagantes. Desparramados, imprevisibles, sembrados.


"En el café había una mesa muy larga, con un sillón capitular en una de sus cabeceras. Era la mesa de los artistas. El sillón lo ocupaba Romeu con algo de afectada prosopopeya. Los demas se sentaban en sillas bajas, y gracias. La mesa tenía prohibida lo que Romeu llamaba "vulgaridad". Alrededor de esa mesa se sentaban dos grupos de artistas claramente diferenciados y en el fondo irreconciliables. El primero, presidido por Rusiñol, con Casas y Utrillo (...)
El establecimiento estaba montado sobre un curioso principio comercial: el menosprecio olímpico del propietario por su clientela. En Els Quatre Gats las raciones siempre fueron pura ilusión del espíritu. Más que un lugar de restauración fue una exposición de platos pintados, un arte culinaria en miniatura, de colegio de párvulos. Las raciones eran ingrávidas, desmirriadas, de una extrema ligereza (...)
El menosprecio que sentía Romeu por su clientela contrastaba por el respeto que sentía por las telarañas de la casa. Para él una telaraña, sobre todo si estaba llena de polvo, era algo sagrado e inviolable (...)
En ese fin de siglo los artistas vivían aún como los naturalistas dicen que viven algunos pájaros cuando no están en celo, es decir, en grupos, haciendo una tertulia volante, muy parecida, a pesar de las alas, a una tertulia de café. Los artistas se cobijaban entonces en el café de Els Quatre Gats".

Josep Pla, Santiago Rusiñol y su época

domingo, 28 de septiembre de 2008

fuera de mapa (V) Valle Inclán, ya otoño

El laberinto de amor y muerte de la Sonata de Otoño está en Galicia. Allí, en su tierra, situó Valle Inclán esta historia de reencuentros y despedidas. Como las otras tres, la Sonata de Otoño fue corregida continuamente por el escritor, rehecha durante toda su vida. La última versión de las sonatas es editada en 1933, inmediata al periodo en que Valle Inclán trabaja en Aranjuez como conservador del patrimonio y director del museo.

Estamos en 1931, aunque los jardines de Aranjuez ya eran viejos conocidos de Valle, a veces a través de una percepción tan similar a la de Rusiñol, cuya obra fue comentada y admirada por el escritor en diversas y anteriores ocasiones. Valle se instala en Aranjuez casualmente a los dos meses de morir el pintor. Son unos y otros jardines decadentes percibidos de un modo similar, donde el espacio y el tiempo no interesan, si acaso la condición de las estaciones.

El escenario de la Sonata de Otoño no me resulta ajeno: sin necesidad de viajar avanza la historia de Bradomín que, a decir verdad, es lo de menos. Los elementos que pueblan la Sonata, símbolos, y por ello más protagonistas que sus personajes, propician esta dulce confusión. Un paseo de otoño que no evita los rincones más prosaicos, me arrastra por las atemporales palabras de Valle.



"El jardín y el Palacio tenían esa vejez señorial y melancólica de los lugares por donde en otro tiempo pasó la vida amable de la galantería y del amor… ¡Hermosos y lejanos recuerdos! Yo también los evoqué un día lejano, cuando la mañana otoñal y dorada envolvía el jardín húmedo y reverdecido por la constante lluvia de la noche…


...Recorrimos juntos el jardín. Las carreras estaban cubiertas de hojas secas y amarillentas, que el viento arrastraba delante de nosotros con un largo susurro: Los caracoles, inmóviles como viejos paralíticos, tomaban el sol sobre los bancos de piedra: Las flores empezaban a marchitarse en las versallescas canastillas recamadas de mirto, y exhalaban ese aroma indeciso que tiene la melancolía de los recuerdos. En el fondo del laberinto murmuraba la fuente rodeada de cipreses, y el arrullo del agua, parecía difundir por el jardín un sueño pacífico de vejez, de recogimiento y de abandono".

Ramón del Valle-Inclán, Sonata de Otoño

lunes, 28 de abril de 2008

calma

Todavía determinados lugares de la costa nos regalan sensaciones que hoy suponemos propias de tiempos pasados.
Lo que cuenta Rusiñol de Sitges, cuando lo descubre en los años que cierran el siglo XIX, sigue siendo cierto.






“El pueblo de Sitges, como la mayor parte de sus hermanos de la costa, es una nota blanca destacando sobre una nota azul. Un grupo de casas extendidas al pie de su rosada iglesia, un alto peñón, una playa, algunas calles en declive limpias como la arena y el mar; es todo lo que contiene este nido de la costa. Poco es, en verdad, es probable que penséis, pero deteneos en él, respirad su brisa, y bañaos en su sol, gozad de su sombra y de su soberana quietud, acostumbraos a su dulce placidez y veréis el atractivo inmenso que tiene este país de la luz”.

Santiago Rusiñol, La nostalgia de dos patrias