vividos, viajados o sencillamente imaginados






Mostrando entradas con la etiqueta Oscar Wilde. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Oscar Wilde. Mostrar todas las entradas

domingo, 20 de junio de 2010

este jueves



"Arrancó un pedazo de historia de la vieja enciclopedia. Se encontró lleno de moho en una pasada batalla entre ejércitos de escudos y espadas, entre soldados a los que el tiempo había oxidado sus oídos y atemperado su furor. Devolvió el libro al estante convencido de que tarde o temprano a todos nos caducaría la ira que llevamos dentro".




Ya he localizado el lugar que te corresponde en mi biblioteca, al lado del volcán de Malcolm Lowry. No está mal ¿eh? El último día de la vida del cónsul Firmin podría haber sido la octava de tus Siete vidas sin gato. No voy a hacer ninguna crítica (más que nada porque, como decía Oscar Wilde, es más difícil criticar que escribir, y el listón estaría muy alto) ni un comentario de texto (de los que huyes). Imagino, por las mismas, que tus siete vidas son siete vidas sin prólogo (los que nunca lees).


Allí donde no hay gatos es donde vamos a disfrutar los ratones: aunque el festín se nos haga pequeño, y nos quedemos con ganas de más, de más relatos, de esos que de momento conservarás en su tinta fuera del libro, o de aquellos otros a los que aún no le has puesto las palabras en orden y que acabarán saltando al papel, o a la pantalla, al ritmo vertiginoso con el que golpeas las teclas, o a ese más lento que sucede cuando terminas de afilar, recreándote, el lápiz. Relatos, a veces poemas en prosa, como los que el péndulo cómplice te ha ayudado a guardar, sin más pretensión que la de escribir por el placer de escribir.

Felicidades y ya sabes (tiro de refrán): “los rincones para los gatos, y las esquinas para los guapos”.




Presentación de Siete Vidas sin Gato, de Carlos López.
Ed. Atlantis.
Café bar Contrapunto, Carrera de Andalucía. Aranjuez.
Jueves, 24 de junio de 2010, 9,00 horas.

jueves, 18 de junio de 2009

narciso vivo



Tuvo miedo a caer y sin más dejó de buscar su reflejo.
Su autoestima se acostumbró a la silueta de su sombra.
Pero un día los dioses le dicen: ya vale,
has que ducharte dos veces por semana, tres si hay fiesta.
Como un ángel ante el sepulcro abierto, no sale de su asombro:
él, que siempre amó las aguas quietas.



"Cuando Narciso murió, las flores del campo se vieron embargadas por el dolor y le suplicaron al río algunas gotas de agua para llorarlo.

-Si todas mis gotas de agua fueran lágrimas -respondió el río-, no me alcanzarían para llorar a Narciso. Yo le amaba.

-¿Cómo hubieras evitado amarlo? -preguntaron las flores-. Era tan hermoso.

-¿Era apuesto? -preguntó el río.

-¿Quién podría saberlo mejor que tú? -preguntaron las flores-. Si cada día se recostaba en tu orilla y reflejaba su belleza en tus aguas.

-Pero yo le amaba -murmuró el río- porque al inclinarse sobre mí podía ver el reflejo de mi propia belleza en sus ojos."

Oscar Wilde, El espejo de Narciso

miércoles, 3 de junio de 2009

la esfinge

A la esfinge de Aranjuez le ha cambiado la pose.
Es más candor que malicia, aun candor majestuoso.
Ha borrado la ironía de su sonrisa de boca perfecta.
Su mirada impertinente, a veces soñadora, quiere atravesarte.
Espera la respuesta al enigma que tiró de sus ojos a tu cara.
Ella calla, ha olvidado la solución.
Si erras, no te matará.
Y aunque aciertes, no morirá.
Porque aunque esfinges son las esfinges de hoy,
ya no son lo eran.

"Desde un ángulo obscuro de mi estancia, durante más tiempo del que puedo imaginarme, una Esfinge bella y silenciosa me acecha a través de las tinieblas ondulantes.
Intangible y quieta, no se alza ni hace el menor movimiento. Poco le importan las lunas de plata y los soles remolinantes.
En el aire el rojo substituye al gris; las oleadas de luz de Luna vienen y se van, pero cuando llega el alba, ella no se va y cuando vuelve la noche, sigue ahí.
La aurora sigue a la aurora y las noches declinan, y durante todo ese tiempo esta extraña gata permanece extendida sobre el tapiz chino, con sus ojos de raso con orla de oro.
Permanece acostada sobre el tapiz, espiando oblicuamente, y sobre su pecho moreno y dorado ondea su piel suave y sedosa, con estremecimientos que llegan a veces hasta sus orejas puntiagudas.
Acércate ya, mi hermoso senescal, que dormitas en tu postura estatuaria. Acércate ya, ser de una extravagancia exquisita, mitad mujer, mitad animal.
Acércate, encantadora y lánguida Esfinge mía, ven a colocar tu cabeza sobre mi rodilla y déjame acariciar tu pecho y observar tu cuerpo moteado como el de un lince".

Oscar Wilde, La esfinge

martes, 10 de febrero de 2009

fuera de mapa (VII) oscar wilde


Wilde hace decir a Herodes "No hay que buscar símbolos en cada cosa que vemos. Haría imposible la vida". Una de las aparentes y arrolladoras contradicciones de Wilde, tan simbolista él, y tan pragmático. Porque la metáfora proclama un deseo, pero a veces éste exige ser enunciado de modo directo para que se entienda y se consiga. Y si aun así no te lo ponen en bandeja, siempre queda rebanar el cuello que se te resiste y pasar del dicho al hecho.



"Tus cabellos se parecen a racimos de uvas, a racimos de uvas negras que cuelgan de las vides de Edom en el país de los edomitas. Tus cabellos son como los cedros del Líbano, como los grandes cedros del Líbano que dan sombra a los leones y a los ladrones que quieren esconderse durante el día. No son tan negras las largas noches negras, las noches en que la luna no se deja ver, en que las estrellas tienen miedo. No es tan negro el silencio que mora en los bosques. No hay nada en el mundo tan negro como tu pelo... Déjame tocar tu pelo".




Así se expresa Wilde por boca de Salomé: recoge el caudal erótico que emana de la naturaleza y lo convierte en palabras al estilo de El Cantar de los Cantares. Es sabido que Wilde tiró de Libros Sagrados más allá de la inspiración del tema. Y si bien la Salomé de Wilde, como las salomés del XIX (sirva de ejemplo la serie de Gustave Moreau) está marcada por la sucesión de símbolos -una moda que parece parodiar-, no es menos cierto que se trata de una obra de hechos tangibles y literales. La tensión entre forma y significado, potencia y acto pauta los acontecimientos.

miércoles, 11 de junio de 2008

fuera de mapa (III) Oscar Wilde

Habitualmente están fuera de mapa y de tiempo, pero los he visto allí donde no los hay, iguales a los que venían en mi EXINcastillos.
Sorpendidos mientras intimidaban a las hojas recién despiertas por la lluvia. Captados en su plenitud opaca por la cámara.
Y si la cámara los ha captado ¿será que no son fantasmas?


"De cuando en cuando se oía una paloma arrullándose con su voz más dulce, o se entreveía, entre la maraña y el fru-fru de los helechos, la pechuga de oro bruñido de algún faisán.
Ligeras ardillas los espiaban desde lo alto de las hayas a su paso; unos conejos corrían como exhalaciones a través de los matorrales o sobre los collados herbosos, levantando su rabo blanco. Sin embargo, no bien entraron en la avenida de Canterville-Chase, el cielo se cubrió repentinamente de nubes. Un extraño silencio pareció invadir toda la atmósfera, una gran bandada de cornejas cruzó calladamente por encima de sus cabezas, y antes de que llegasen a la casa ya habían caído algunas gotas.

(...) El valor indomable de los antiguos Canterville se despertó en él y tomó la resolución de hablar al otro fantasma en cuanto amaneciese. Por consiguiente, no bien el alba plateó las colinas, volvió al sitio en que había visto por primera vez al horroroso fantasma. Pensaba que, después de todo, dos fantasmas valían más que uno sólo, y que con ayuda de su nuevo amigo podría contender victoriosamente con los gemelos. Pero cuando llegó al sitio se halló en presencia de un espectáculo terrible. Le sucedía algo indudablemente al espectro, porque la luz había desaparecido por completo de sus órbitas. La cimitarra centelleante se había caído de su mano y estaba recostado sobre la pared en una actitud forzada e incómoda. Simón se precipitó hacia delante y lo cogió en sus brazos; pero cuál no sería su terror viendo despegarse la cabeza y rodar por el suelo, mientras el cuerpo tomaba la posición supina, y notó que abrazaba una cortina blanca de lienzo grueso y que yacían a sus pies una escoba, un machete de cocina y una calabaza vacía. Sin poder comprender aquella curiosa transformación, cogió con mano febril el cartel, leyendo a la claridad grisácea de la mañana estas palabras terribles:
He aquí al fantasma Otis
El único espíritu auténtico y verdadero
Desconfíen de las imitaciones
Todos los demás son falsificaciones"


Oscar Wilde, El fantasma de Canterville

lunes, 21 de enero de 2008

experiencia compartida

Florencia, como referente de viajeros, es casi contemporánea de Granada, y por tanto uno de los primeros destinos burgueses. Forster dibuja a los “pioneros turistas” Baedeker en mano: casi cien años después de que a Sthendal le diese su famoso jamacuco.
Y lo hace desde un ángulo -el del título- que curiosamente nunca hubiese elegido el otro crítico social que fue Oscar Wilde, para quien una habitación con vistas es “irrelevante, excepto para el propietario que, por supuesto, lo carga a la cuenta. Un caballero nunca mira por la ventana”.

“En la Piazza della Signoria hay demasiada piedra para que resulte brillante. No tiene césped, ni flores, ni frescos, ni resplandecientes muros de mármol o animados pedazos de ladrillo rojo. Por una extraña casualidad (…) las estatuas que dan relieve a su austeridad sugieren, no la inocencia de la infancia, ni la gloriosa excitación de la juventud, sino la consciente perfección de la madurez (…) Han dado o soportado algo y, aunque son inmortales, la inmortalidad les ha llegado a través de la experiencia, no antes. Allí, no sólo en la soledad de la naturaleza, debe un héroe encontrar a una diosa, o una heroína a un dios”.
E. M. Forster, Una habitación con vistas