



A Segovia llegué (más bien me llevaron) siendo aún muy niña. La visión infantil y fantástica del castillo me anunció que el arte y la arquitectura me acompañarían desde entonces. Hubo luego otras visitas. En 1985 cambié aquel cromo de cuento por la imagen de la Vera Cruz y Zamarramala. Las fotografías que tomé ofrecían vistas muy parecidas a las de ahora, pero sin clables de alta tensión ni adosados en la cresta de la ola castellana, aunque el camino ya hacía años que había dejado de ser blanco y polvoriento, para mostrarse amazacotado y gris.
La Vera Cruz. Fue entonces la única vez que estuve dentro de ella, aunque cuando vuelvo a Segovia me dirijo hacia allí. A escondidas, en la distancia, no dejo de contemplarla como si fuese mi Doña Inés, mas sin atreverme a cortejarla.

"Diego el de Garcillán viene todas las tardes a la terraza del Alcázar. Desde el antepecho de piedra, por la parte que da al Eresma, contempla el panorama. … No está solo el poeta. En la visión que el viajero se forma de Segovia, rebullen en caos magníficos todos los monumentos de la ciudad. La mente se llena de palacios, capillas, arcos, capiteles, rejas, ventanas, torres, retablos. Sobre la masa espléndida de monumentos, surgen el Acueducto, el Alcázar, la Catedral, San Esteban, las puertas de San Andrés y de los Caballeros. La imaginación, deslumbrada, en horas de recuerdo va de una maravilla a otra. No podemos poner al pronto orden y sosiego en la admiración. Todo el conjunto de primores arquitectónicos aparece en un plano uniforme.
(…) No está solo Diego el de Garcillán en la explanada del Alcázar. La iglesita románica de la Vera Cruz se alza allá en un terrero, al lado de un sequeral castellano, pasada la arboleda del Eresma. Ante la puerta principal del templo, pasa un camino blanco. La otra puerta, junto a la torre, es chiquita. El camino se aleja culebreando, polvoriento, hacia un poblado que emerge en el horizonte –Zamarramala-.






















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