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viernes, 4 de septiembre de 2009

el orgullo









Tal vez no sea necesario vivir en Monforte para entender qué es. Basta su elocuente presencia. Monforte, nido de águilas del Conde de Lemos (el que quiso beneficiarse en El señor de Bembibre a la amada del héroe; el señor de la puerta de Galicia y de lo que había de puertas adentro), no se ve, no se visita.

En Monforte se está. Monforte es el yo y mis circunstancias de la geografía. Pasaron los tiempos en que Monforte fue señora aún más allá del valle, antes de que el ferrocarril le airease las faldas, porfiase la carrera y se alejase ... sin arrancar su nombre. Monforte, hoy caracola de la imponente montaña, ha roto la muralla y desciende, cabeza alta, hacia el refugio del río.







"Llegué a este Monte fuerte, coronado
De torres convecinas a los cielos,
Cuna siempre real de tus abuelos,
Del Reino escudo, y silla de su estado.

El templo vi a Minerva dedicado,
De cuyos geométricos modelos,
Si todo lo moderno tiene celos,
Tuviera invidia todo lo pasado.

Sacra erección de príncipe glorioso,
Que ya de mejor púrpura vestido
Rayos ciñe de luz, estrellas pisa.

¡Oh, cuánto deste monte imperioso
Descubro! Un mundo veo. Poco ha sido,
Que seis orbes se ven en tu divisa".

Luis de Góngora