El valle de Bohí es más que un catálogo de iglesias de primera. Todos los personajes que un día habitaron Erillavall conversan en las alturas con los campanarios y las montañas: ha sido Cela quien los ha echado a volar, habitantes que hoy regresan al valle vacío.
“Erillavall, a la falda del rumoroso monte que dicen Vasco, no es ya ni sombra de lo que en pretéritos tiempos fuera y no volverá a ser jamás. Todos los elegíacos versos de los poetas dolientes caben, uno tras otro, a estos últimos pueblos del viejo señorío de Erill, perdidos como lobatos entre fragas remotas y ancianos y oxidados recuerdos de paladines. Por encima de los tejados de Erillavall todavía vuelan, vestidos de vaporosa fantasma, los condes enamorados y en derrota y los canteros románicos, los pacientes pintores artesanos y el juglar zascandil… El viajero no los vio volar, aunque sabe que vuelan, ¡vaya si vuelan!, y declara, pidiendo la caridad de ser creído, que la culpa de no haberlos visto fue suya y sólo suya, quizás por no tener bastante claro el avizor –y adivinador- ojo de besugo del alma.
La iglesia de San Juan Bautista de Bohí … es igual que una alondra que se cansó de volar el monte y su misterio… es más modosa y sin afeites, más acorde con el escueto y sobrio puro paisaje en el que se alza.


Tahull es pueblo encaramado en un duro repecho, caserío con porte de huraño gavilán”.
Camilo José Cela, Viaje al Pirineo
