vividos, viajados o sencillamente imaginados






Mostrando entradas con la etiqueta Joseph Roth. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Joseph Roth. Mostrar todas las entradas

domingo, 12 de julio de 2009

pasatiempos al vapor

"Y en ese momento divisó una nubecilla blanca y diminuta en la línea del horizonte. (...) Con furiosa atención observaba el Shah las formas siempre cambiantes de la nubecilla. Tan pronto cedía y el viento la desflecaba un poquitín, como volvía a condensarse con mayor firmeza que antes. Luego parecía un velo ovillado; o bien se iba estirando y al final se tornaba más oscura y compacta. (...). La nube, que en pocos segundos se había convertido en un nubarrón negruzco y espeso, cargado de lluvia, llegó a la altura del sol y sumió al mundo en las tinieblas. (...) El cielo continuó oscureciéndose hasta donde alcanzaba la vista, con excepción de una estrecha franja azul en el nordeste. Por el oeste había nubes muy violetas y amenazadoras que en el cenit se volvían algo más suaves y claras, y al llegar a éste adquirían una palidez de apariencia casi benigna".

Joseph Roth, La noche mil dos



























Para los que gustan de leer en las nubes.

lunes, 4 de agosto de 2008

todo fluye

Entre el agua y el alcohol el clochard Andreas resurge en retazos de vida pura y limpia. Un camino de santidad desde la penumbra del puente hacia la claridad contenida en la botella.
Al otro lado de los otros hombres, sumido en el delirio, allí ... allí nada permanece.


“Un atardecer de la primavera de 1934, un caballero de edad madura descendía por las escalinatas de piedra que, desde uno de los puentes sobre el Sena, conducen a la orilla. (…) allí suelen dormir, o, mejor dicho, acampar los clochards de París.
Andreas se levantó más temprano que de costumbre, pues había dormido insospechadamente bien ... buscó un punto bastante solitario de la orilla del Sena, para lavarse por lo menos la cara y el cuello. Mas como le parecía que en todas partes podía haber personas, personas desgraciadas como él mismo, personas que podían ver cómo se lavaba, renunció por fin a su propósito y se contentó con sumergir sus manos en aquellas aguas ... y se sintió completamente limpio y como transformado”.
Joseph Roth, La leyenda del Santo Bebedor