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domingo, 7 de marzo de 2010

el miedo y los temores

“El sol seguía declinando. (…) La ciudad que tenía ante mí había dejado de ser Venecia. Su personalidad, su nombre me parecían como ficciones mentirosas que ya no tenía el valor de infundir a las piedras. Veía los palacios reducidos a simples partes y cantidades de mármol parecidas a cualesquiera otras, y el agua como una combinación de hidrógeno y de nitrógeno, eterna, ciega, anterior y exterior a Venecia, ignorante de los dux y de Turner. Y, sin embargo, aquel lugar cualquiera era extraño como el lugar al que llegamos y no nos conoce todavía, como un lugar que hemos dejado y que ya nos ha olvidado. (…) Pero al mismo tiempo aquel lugar mediocre me parecía menos lejano. En el estanque del arsenal, debido también a un elemento científico, la latitud, había esa singularidad de las cosas que, aunque semejantes en apariencia a las de nuestro país, resultan extranjeras, en destierro bajo otros cielos”.



Marcel Proust, En busca del tiempo perdido










Dejé parada la lectura. Justo ahí, tras las últimas páginas de “La fugitiva”, las que relatan y evocan el tan deseado viaje a Venecia. El ritmo era el de un libro cada año. Ya han pasado tres. Bien es cierto que durante ese paréntesis disfruté “Los placeres y los días” que me llegaron en forma de regalo. Pero sigo sin querer adentrarme en “El tiempo recobrado”, porque aún no sé si es el momento de dejar de perder el tiempo. Hay miedo a seguir. Y falta de valor para marcharse, el miedo a llegar, como dicen Vetusta Morla. Y recuerdo la afirmación de Canetti "no hay nada que el hombre tema más que el toque de lo desconocido". Ese miedo a dejar la rutina, sin saber responder ¿qué puede más, la emoción o la razón? El miedo a perder el control (Ian Curtis lo supo muy bien). Tal vez sea más difícil aún reconocer el miedo, que se tiene miedo. Esas verdades a medias que llevan a la incertidumbre, el miedo de Firmin, el cónsul de Malcolm Lowry, y el alivio momentáneo antes de advertir que le han disparado. Ojalá fuesen los sustos espectrales de Halloween, los de Shaggy y Scooby-Doo, que te hacen poner cara de tonto y cobardica y que no pasan de ser miedo previsible, reconocible, acotado. Porque el miedo no es conciso, es difuso, indefinido, sin amarras en el espacio, mucho menos en el tiempo. Ojalá fuese temor como anécdota, insignificante en el miedo, pero sucede que el miedo abarca mucho más.